Por Rogelio de Jesús Huerta Ibarra.
Corría
el 20 de Noviembre de 1910; amaneció domingo, como cualquier otro
domingo de los 46 que habían ya transcurrido en aquel año. Los
mexicanos hacía poco acababan de celebrar elecciones y resultó
ganador uno de los héroes vencedores de la gloriosa batalla del 5 de
mayo de 1862, el General Díaz, quien otra vez reelecto ocuparía el
encargo presidencial otro sexenio.
Don
Porfirio, que por aquel año celebró su octogésimo cumpleaños, era
un recuerdo de tiempos difíciles; su ceño duro y su poblado bigote
recordaban a muy pocos los días amargos que vivió la Nación
durante los 1800’s. De hecho, el Siglo XIX fue para los mexicanos
un siglo vertiginoso, marcado por las guerras, tanto por la
independencia y la reforma, como por la gloria fallida de los
imperios y la inestabilidad de repúblicas incipientes que habían
dejado a los mexicanos bañados en sangre y envueltos en un caos
general; a eso, debemos sumarle la triste derrota frente a nuestros
vecinos del norte, en los que “por las malas y extorsionados” se
perdió más de la mitad de nuestro territorio, y que entre dimes
y diretes, entre conservadores y liberales la
estabilidad que conocieron nuestros compatriotas en aquel siglo fue
fugaz y rara; estabilidad y progreso apenas y costosamente logrado en
los treinta años anteriores a 1910.
Es
menester entonces, imaginar que una revuelta mas, no significó de
momento una señal de alarma en la República; Madero no era el
primero que levantaba voces en contra del régimen y para la mayoría,
evidentemente no sería el último; es más, un movimiento que
comenzaba en el extranjero poca valía significó para la mayoría, y
más si provenía de un encaprichado ricachón que para algunos no
era otra cosa que un “deseo para tener un poco más” y que, a
palabras del Presidente, era “un gallito que
quería su maíz”.
Sin
embargo, hemos de recordar que por aquellas fechas, aunque el
progreso era bastante y bueno, los frutos se dividían en pocas
manos; mientras las súplicas de los hambrientos obreros y campesinos
se llenaban con las migajas que les botaban los acaudalados para
asegurar únicamente su subsistencia, hacían caso omiso, de las
palabras del recién fallecido –en aquel entonces- Papa León XIII,
quien en su encíclica “Rerum Novarum”,
que se podría traducir como “de las cosas
nuevas” o “de los
cambios políticos” había manifestado una
frase que no se dejó resonar lo suficiente para prevenir los grandes
movimientos del Nuevo Siglo XX; puesto que en palabras de Su Santidad
“del trabajo del obrero nace la riqueza de
las naciones”, por lo que era necesario
cuidar de ellos para evitar futuros problemas, que en busca de la
justicia desencadenarían un nuevo orden mundial.
Los
mexicanos encararon entonces, en el cansado régimen de Porfirio Díaz
“La Primera Revolución del Siglo en América” y que serviría de
modelo para muchas venideras, y siendo ya como dijimos, Don Porfirio
un anciano que superaba por mucho la esperanza de vida del promedio
nacional, el heroico caudillo no era más que una férrea
representación del titán que había sido, delegando en sus
allegados y estos en los suyos, desde hacía algún tiempo las
políticas nacionales y crédulo que las cosas “iban bien”, sin
identificar que su “mano dura” se había apesadumbrado con tanto
funcionario, empresario y hacendado explotador, quienes en “su
nombre” hicieron de las suyas con la Nación y tenían hasta el
hartazgo a la clase productiva del país.
Además
de todo lo anterior, el régimen se caracterizaba por su poca
apertura, las políticas eran firmes y como lema para el buen
funcionamiento del país, se debía de tener poca
política y mucha administración. Los
intentos de cambio habían surgido en sus inicios por inquietudes
propias de los más necesitados, de los olvidados, de los explotados,
de aquellos que merecen todo y no tienen nada.
Por lo que, un líder carismático, con algo
de recurso económico y apoyo extranjero, bien podría levantar de
nuevo el polvo que tenía apaciguado el cuerpo del condecorado y
majestuoso pero viejo león.
Así,
con el estandarte de la libertad, Madero abanderó a todos los grupos
socialmente inconformes e inmiscuyó en México la nueva revuelta, la
“Revolución”, que en busca del interés legítimo y justo
prometía un porvenir lleno de futuro y bienestar para todos los
connacionales. Sin embargo… había primero que enfrentar al
régimen.
En
este punto, donde a juicio de quien el presente ensayo escribe, es
que ha resultado en inmerecido tachar de único responsable del
derramamiento de sangre que vino después al General Díaz,
considerando que apenas a 6 meses de la insurrección armada (en Mayo
de 1911) renunciaba a su cargo, daba entera libertad al pueblo para
decidir su futuro y partía para el exilio de donde nunca habría de
volver, siendo que todo el proceso revolucionario no terminaría sino
hasta 1929, fecha en que se terminó el triste periodo de la injusta
guerra cristera.
Este
periodo, que trajo consigo un baño de sangre y donde poco más de un
millón de mexicanos perdieron la vida en busca de un país mejor,
elaboró una intrincada pluralidad de pensamientos, donde los
caudillos hicieron levantar las armas entre hermanos para hacerse
meramente de la codiciada silla presidencial y que hoy, por el clamor
y apoyo popular con el que contaron ocupan juntos un lugar en la
historia oficial luego de haberse brutalmente matado entre ellos.
Pero
la revolución fue más que eso, la revolución en su esencia misma
representó el sentido lógico del deseo de justicia y equidad, de
oportunidades para todos, del derecho al trabajo, a la salud y a la
educación, a llevar familiarmente una vida digna y que tristemente
la realidad diaria parece empeñarse más en borrar de la memoria
esos ideales, que aún hoy en los albores del Siglo XXI, siguen
clamándose por aquellos que fielmente siguen
esperando que les haga justicia la Revolución. Así,
a ciento tres años de esa fecha, donde observamos movimientos,
situaciones y reclamos muy parecidos y análogos a los que dieron
origen a la revolución, debemos reflexionar que se pueden
heroicamente evitar y no tener esa sensación que se vivió la mañana
del domingo 20 de Noviembre de 1910.

Amigo:
ResponderEliminarTu ensayo ha suscitado en mí varias reflexiones.
La exclusión es la madre de la revolución.
Un abrazo,
F.J. Anaya (Tato)