lunes, 2 de diciembre de 2013

LA REVOLUCIÓN MEXICANA 103 AÑOS DESPUÉS.


 Por Rogelio de Jesús Huerta Ibarra.


 
Corría el 20 de Noviembre de 1910; amaneció domingo, como cualquier otro domingo de los 46 que habían ya transcurrido en aquel año. Los mexicanos hacía poco acababan de celebrar elecciones y resultó ganador uno de los héroes vencedores de la gloriosa batalla del 5 de mayo de 1862, el General Díaz, quien otra vez reelecto ocuparía el encargo presidencial otro sexenio.

Don Porfirio, que por aquel año celebró su octogésimo cumpleaños, era un recuerdo de tiempos difíciles; su ceño duro y su poblado bigote recordaban a muy pocos los días amargos que vivió la Nación durante los 1800’s. De hecho, el Siglo XIX fue para los mexicanos un siglo vertiginoso, marcado por las guerras, tanto por la independencia y la reforma, como por la gloria fallida de los imperios y la inestabilidad de repúblicas incipientes que habían dejado a los mexicanos bañados en sangre y envueltos en un caos general; a eso, debemos sumarle la triste derrota frente a nuestros vecinos del norte, en los que “por las malas y extorsionados” se perdió más de la mitad de nuestro territorio, y que entre dimes y diretes, entre conservadores y liberales la estabilidad que conocieron nuestros compatriotas en aquel siglo fue fugaz y rara; estabilidad y progreso apenas y costosamente logrado en los treinta años anteriores a 1910.

Es menester entonces, imaginar que una revuelta mas, no significó de momento una señal de alarma en la República; Madero no era el primero que levantaba voces en contra del régimen y para la mayoría, evidentemente no sería el último; es más, un movimiento que comenzaba en el extranjero poca valía significó para la mayoría, y más si provenía de un encaprichado ricachón que para algunos no era otra cosa que un “deseo para tener un poco más” y que, a palabras del Presidente, era “un gallito que quería su maíz”.

Sin embargo, hemos de recordar que por aquellas fechas, aunque el progreso era bastante y bueno, los frutos se dividían en pocas manos; mientras las súplicas de los hambrientos obreros y campesinos se llenaban con las migajas que les botaban los acaudalados para asegurar únicamente su subsistencia, hacían caso omiso, de las palabras del recién fallecido –en aquel entonces- Papa León XIII, quien en su encíclica “Rerum Novarum”, que se podría traducir como “de las cosas nuevas” o “de los cambios políticos” había manifestado una frase que no se dejó resonar lo suficiente para prevenir los grandes movimientos del Nuevo Siglo XX; puesto que en palabras de Su Santidad “del trabajo del obrero nace la riqueza de las naciones”, por lo que era necesario cuidar de ellos para evitar futuros problemas, que en busca de la justicia desencadenarían un nuevo orden mundial.

Los mexicanos encararon entonces, en el cansado régimen de Porfirio Díaz “La Primera Revolución del Siglo en América” y que serviría de modelo para muchas venideras, y siendo ya como dijimos, Don Porfirio un anciano que superaba por mucho la esperanza de vida del promedio nacional, el heroico caudillo no era más que una férrea representación del titán que había sido, delegando en sus allegados y estos en los suyos, desde hacía algún tiempo las políticas nacionales y crédulo que las cosas “iban bien”, sin identificar que su “mano dura” se había apesadumbrado con tanto funcionario, empresario y hacendado explotador, quienes en “su nombre” hicieron de las suyas con la Nación y tenían hasta el hartazgo a la clase productiva del país.

Además de todo lo anterior, el régimen se caracterizaba por su poca apertura, las políticas eran firmes y como lema para el buen funcionamiento del país, se debía de tener poca política y mucha administración. Los intentos de cambio habían surgido en sus inicios por inquietudes propias de los más necesitados, de los olvidados, de los explotados, de aquellos que merecen todo y no tienen nada. Por lo que, un líder carismático, con algo de recurso económico y apoyo extranjero, bien podría levantar de nuevo el polvo que tenía apaciguado el cuerpo del condecorado y majestuoso pero viejo león.

Así, con el estandarte de la libertad, Madero abanderó a todos los grupos socialmente inconformes e inmiscuyó en México la nueva revuelta, la “Revolución”, que en busca del interés legítimo y justo prometía un porvenir lleno de futuro y bienestar para todos los connacionales. Sin embargo… había primero que enfrentar al régimen.

En este punto, donde a juicio de quien el presente ensayo escribe, es que ha resultado en inmerecido tachar de único responsable del derramamiento de sangre que vino después al General Díaz, considerando que apenas a 6 meses de la insurrección armada (en Mayo de 1911) renunciaba a su cargo, daba entera libertad al pueblo para decidir su futuro y partía para el exilio de donde nunca habría de volver, siendo que todo el proceso revolucionario no terminaría sino hasta 1929, fecha en que se terminó el triste periodo de la injusta guerra cristera.

Este periodo, que trajo consigo un baño de sangre y donde poco más de un millón de mexicanos perdieron la vida en busca de un país mejor, elaboró una intrincada pluralidad de pensamientos, donde los caudillos hicieron levantar las armas entre hermanos para hacerse meramente de la codiciada silla presidencial y que hoy, por el clamor y apoyo popular con el que contaron ocupan juntos un lugar en la historia oficial luego de haberse brutalmente matado entre ellos.

Pero la revolución fue más que eso, la revolución en su esencia misma representó el sentido lógico del deseo de justicia y equidad, de oportunidades para todos, del derecho al trabajo, a la salud y a la educación, a llevar familiarmente una vida digna y que tristemente la realidad diaria parece empeñarse más en borrar de la memoria esos ideales, que aún hoy en los albores del Siglo XXI, siguen clamándose por aquellos que fielmente siguen esperando que les haga justicia la Revolución. Así, a ciento tres años de esa fecha, donde observamos movimientos, situaciones y reclamos muy parecidos y análogos a los que dieron origen a la revolución, debemos reflexionar que se pueden heroicamente evitar y no tener esa sensación que se vivió la mañana del domingo 20 de Noviembre de 1910.

1 comentario:

  1. Amigo:

    Tu ensayo ha suscitado en mí varias reflexiones.
    La exclusión es la madre de la revolución.

    Un abrazo,
    F.J. Anaya (Tato)

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