lunes, 16 de diciembre de 2013

Lógica Perfecta






Por Rodolfo Pérez Castellanos.

“Nunca en mi vida tomé una decisión hasta el día de hoy.
Esta mañana me lo permití, decidí que me salvarías la vida”.
Espero verte mañana en la mañana.

Las palabras estaban escritas en una sencilla tarjeta de color índigo, la letra había sido plasmada con la fina punta de una pluma fuente y mostraba un manejo perfecto de la letra cursiva. En el momento en que el médico de emergencias se la entregó la curiosidad de Francisco despertó al instante. El doctor observó su reacción, y después de explicar la condición del paciente hizo un gesto de simpatía y se alejó hacia el módulo de enfermeras con aires de conquistador. El viejo se encontraba estable e inmerso en un profundo sueño.
Dispuesto a enfrentar la noche se arremolinó en su asiento y se dispuso a pasar la noche en el incómodo sillón de color verde.

El golpe del carro con los desayunos lo despertó. Una enfermera distraída con su celular impactó sus pies y al instante se disculpó con desinterés. Cuando Francisco abrió los ojos la mujer con su carrito se alejaba por el pasillo caminando entre pacientes que deambulaban como un puñado de bebés de piernas perezosas.
Francisco se puso de pié y después de tronar su espalda haciendo un arco hacia atrás y adelante caminó al baño de la sala de espera. Aún no podía creer lo que estaba haciendo por aquel desconocido. Su cuerpo reclamaba por las incomodidades de la noche y en dos horas tendría que estar bañado, enfundado en su mejor traje y peinado como un maniquí para esperar paciente que reclutadores con aires de superioridad lo entrevistaran. Necesitaba dinero con urgencia. Hacía cinco meses perdió su puesto gracias a un “recorte de personal” donde el hijo recién graduado de su patrón fue contratado para ocupar su lugar.
-Hijo de puta –maldijo en voz alta.
-¿Perdón? –dijo el doctor de la noche anterior.
-Imagino que ya podré hablar con el señor –dijo sin mostrar interés por responder a la pregunta del doctor. De cualquier manera los dos sabían que poco importaba.
-Don Blas debe estar alistándose para salir, mencionó que le gustaría agradecerle por, usted sabe, salvarlo.
Ambos conocían el motivo para una pausa de ese tipo. La pequeña tarjeta estaba guardada en su cartera y el próximo encuentro con “Don Blas” prometía resolver todas las dudas ante tanto misticismo.

Entrando a la habitación número quince los recibió una cama arreglada con meticulosidad así como el viento que entraba por la ventana. En cuanto Fernando se dio la vuelta para encararse con el doctor una voz rasposa se le adelantó. Fernando supo reconocer en ella al viejo desconocido de la noche anterior, sin embargo, ahora la voz distaba mucho de pertenecer a un viejo moribundo.
-¡Fernando!, caray pensé que te habías retirado –el viejo permaneció afuera del cuarto- por favor, acompáñame. Espero no te moleste que me haya adelantado. –Señaló el café que cargaba. El impreso en el recipiente era de una franquicia que hizo su fortuna vendiendo cafés repletos de azúcar y saborizados con promesas de prestigio.
Cuando Fernando cruzó la puerta, don Blas se encontraba a varios pasos de distancia. Proyectaba una energía pocas veces vista en alguien de su edad, sobre todo, viniendo de alguien que el día anterior había escupido sangre a media calle habiendo caído en seco en medio de una multitud de peatones.
Afuera el día era húmedo, había charcos de agua por doquier y el sol comenzaba a brillar con claridad. Fernando no había escuchado la tormenta nocturna, así que probablemente había dormido mejor de lo que creía. En un par de zancadas, se acercó al anciano.
Don Blas volteó de manera intempestiva y lo miró fijamente. Fernando debió frenar de golpe.
-Y bien. ¿En dónde quieres desayunar?
Impactado por el descaro del viejo, Fernando sacó con torpeza la tarjeta de la cartera y se la mostró con cierta agresividad.
-¿Qué significa esto?, deje de hacerme perder mi tiempo, ni siquiera lo conozco, además…
-Tienes muchas cosas que hacer seguramente –Interrumpió bruscamente don Blas–. Me imagino que no tienes familia, por lo menos en la ciudad. Pocas personas pasarían la noche en un hospital cuando lo espera en casa una cena caliente, solo porque a un lunático se le ocurrió decirle que lo esperara hasta la mañana siguiente, resulta irónico lo bien que podrían haber hablado en esa banqueta donde decidí descansar mis viejos huesos, claro que mi condición en ese momento no lo hubiera permitido. Así que, me decías, tienes muchas cosas que hacer.
Fernando titubeó un instante. –Bueno, bueno. ¿Entonces que quiere?
-Por lo pronto, desayunar; por cierto, yo invito. –Se dio media vuelta y cruzó la calle hacia un pequeño café con un toldo color marrón.

Tras ordenar cada uno, Fernando insistió en obtener respuestas deslizando la tarjeta sobre el mantel de la mesa a la vez que abría los ojos y arqueaba las cejas con aire inquisitivo.
-Verás Fernando, el problema con este mundo, es que vivimos nuestras vidas de la manera perfectamente lógica.
-¿Cómo? –preguntó Fernando.
-Claro que es así. Te explico; poco tiempo después de que nacemos, parece perfectamente lógico que estudiemos, en esto, se te va, digamos un quinto de tu vida. En el transcurso, es perfectamente lógico que obedezcas a tus padres, tomes clases de violín o cualquier cosa que se le ocurra a tu mamá. Irás a un colegio que no escogiste, con compañeros que no escogiste y con materias que ni por error quisieras. Pero todo esto es algo perfectamente lógico, ya que siendo niños no tenemos la madurez para decidir con sabiduría y lo debe hacer el gobierno y nuestros padres por nosotros. ¿Me voy explicando?
-Mmmh, un poco, siga.
-Entonces, a la hora de escoger una profesión un examen te dice lo que es perfectamente lógico que estudies. Ya que con base en tus respuestas te pones al cuello una soga que resulta perfectamente lógico asumas como si fuera la corbata más cómoda del mundo. Acabada tu carrera escogida con lógica perfecta el siguiente paso es conseguir un empleo. En caso de que tus padres tengan un negocio, es perfectamente lógico que asegures su operación por el resto de tus días. De no ser así, viajarás de oficina en oficina, entregando papeles que intentan decir quién eres, qué sabes y qué puedes hacer. ¿Me equivoco?
Una mesera cargada con dos platos y dos jugos de naranja interrumpió el monólogo y después de entregarlos con aire amistoso se aprestó a rellenar las tazas de café de los demás clientes.
-Y en fin, el problema, es que cuando ya eres mayorcito –continuó don Blas –pues es perfectamente lógico que consigas un trabajo, ya que si no lo haces, pues probablemente no eres tan mayorcito como pensabas, y tus padres y el gobierno vuelven a decirte que no es posible una vida fuera de esa caja.
Don Blas se le quedó viendo a Fernando que había terminado sus hot cakes y lo mirada con gesto incierto.
-¡En fin! -dijo dando un golpe a la mesa. -El punto es que me cansé de las decisiones perfectamente lógicas, me metí una cápsula de sangre falsa a la boca y fingí un paro cardiaco o lo que haya sido eso en plena calle.
-Y todo eso lo hizo para… -Fernando seguía pasmado por las explicaciones de su interlocutor.
-Velo de esta manera, nos hice un favor a los dos, nos arranqué de un ciclo de decisiones perfectamente lógicas. Yo me arrojé en una pantomima de agonía callejera. Si me preguntas, fue toda una experiencia ver las caras de los transeúntes, realmente creo que lo logré. ¡Y en el primer intento! Tú nunca hubieras pensado que ese día un “moribundo” te pediría que lo acompañaras al hospital para no morir en soledad, y menos que cederías ante su capricho.
Fernando permaneció inmóvil en su asiento, con la mirada al frente y las manos cruzadas sobre su pecho.
-La verdad –continuó don Blas- creo que no será la última vez que haga esto. El retiro es monótono y aburrido, y es más por tu cooperación y disposición, me parece perfectamente lógico que te recompense por ser partícipe de mi embuste.
Don Blas reía disimuladamente de manera intermitente mientras rellenaba un cheque al portador, tras arrancarlo y extenderlo a su compañero de desayuno preguntó:
-¿y bien?, ¿qué opinas de todo esto?
Después de un segundo Fernando dijo –Creo que tomó la decisión perfectamente incorrecta en su vida. Ya que debió dedicarse a la actuación.

Tomó el cheque de la mano de su ahora pasmado benefactor y salió por la puerta, debía alistarse para una entrevista de trabajo en menos de una hora.

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