Por
Rodolfo Pérez Castellanos.
“Nunca
en mi vida tomé una decisión hasta el día de hoy.
Esta
mañana me lo permití, decidí que me salvarías la vida”.
Espero
verte mañana en la mañana.
Las
palabras estaban escritas en una sencilla tarjeta de color índigo,
la letra había sido plasmada con la fina punta de una pluma fuente y
mostraba un manejo perfecto de la letra cursiva. En el momento en que
el médico de emergencias se la entregó la curiosidad de Francisco
despertó al instante. El doctor observó su reacción, y después de
explicar la condición del paciente hizo un gesto de simpatía y se
alejó hacia el módulo de enfermeras con aires de conquistador. El
viejo se encontraba estable e inmerso en un profundo sueño.
Dispuesto
a enfrentar la noche se arremolinó en su asiento y se dispuso a
pasar la noche en el incómodo sillón de color verde.
El
golpe del carro con los desayunos lo despertó. Una enfermera
distraída con su celular impactó sus pies y al instante se disculpó
con desinterés. Cuando Francisco abrió los ojos la mujer con su
carrito se alejaba por el pasillo caminando entre pacientes que
deambulaban como un puñado de bebés de piernas perezosas.
Francisco
se puso de pié y después de tronar su espalda haciendo un arco
hacia atrás y adelante caminó al baño de la sala de espera. Aún
no podía creer lo que estaba haciendo por aquel desconocido. Su
cuerpo reclamaba por las incomodidades de la noche y en dos horas
tendría que estar bañado, enfundado en su mejor traje y peinado
como un maniquí para esperar paciente que reclutadores con aires de
superioridad lo entrevistaran. Necesitaba dinero con urgencia. Hacía
cinco meses perdió su puesto gracias a un “recorte de personal”
donde el hijo recién graduado de su patrón fue contratado para
ocupar su lugar.
-Hijo
de puta –maldijo en voz alta.
-¿Perdón?
–dijo el doctor de la noche anterior.
-Imagino
que ya podré hablar con el señor –dijo sin mostrar interés por
responder a la pregunta del doctor. De cualquier manera los dos
sabían que poco importaba.
-Don
Blas debe estar alistándose para salir, mencionó que le gustaría
agradecerle por, usted sabe, salvarlo.
Ambos
conocían el motivo para una pausa de ese tipo. La pequeña tarjeta
estaba guardada en su cartera y el próximo encuentro con “Don
Blas” prometía resolver todas las dudas ante tanto misticismo.
Entrando
a la habitación número quince los recibió una cama arreglada con
meticulosidad así como el viento que entraba por la ventana. En
cuanto Fernando se dio la vuelta para encararse con el doctor una voz
rasposa se le adelantó. Fernando supo reconocer en ella al viejo
desconocido de la noche anterior, sin embargo, ahora la voz distaba
mucho de pertenecer a un viejo moribundo.
-¡Fernando!,
caray pensé que te habías retirado –el viejo permaneció afuera
del cuarto- por favor, acompáñame. Espero no te moleste que me
haya adelantado. –Señaló el café que cargaba. El impreso en el
recipiente era de una franquicia que hizo su fortuna vendiendo cafés
repletos de azúcar y saborizados con promesas de prestigio.
Cuando
Fernando cruzó la puerta, don Blas se encontraba a varios pasos de
distancia. Proyectaba una energía pocas veces vista en alguien de su
edad, sobre todo, viniendo de alguien que el día anterior había
escupido sangre a media calle habiendo caído en seco en medio de
una multitud de peatones.
Afuera
el día era húmedo, había charcos de agua por doquier y el sol
comenzaba a brillar con claridad. Fernando no había escuchado la
tormenta nocturna, así que probablemente había dormido mejor de lo
que creía. En un par de zancadas, se acercó al anciano.
Don
Blas volteó de manera intempestiva y lo miró fijamente. Fernando
debió frenar de golpe.
-Y
bien. ¿En dónde quieres desayunar?
Impactado
por el descaro del viejo, Fernando sacó con torpeza la tarjeta de la
cartera y se la mostró con cierta agresividad.
-¿Qué
significa esto?, deje de hacerme perder mi tiempo, ni siquiera lo
conozco, además…
-Tienes
muchas cosas que hacer seguramente –Interrumpió bruscamente don
Blas–. Me imagino que no tienes familia, por lo menos en la ciudad.
Pocas personas pasarían la noche en un hospital cuando lo espera en
casa una cena caliente, solo porque a un lunático se le ocurrió
decirle que lo esperara hasta la mañana siguiente, resulta irónico
lo bien que podrían haber hablado en esa banqueta donde decidí
descansar mis viejos huesos, claro que mi condición en ese momento
no lo hubiera permitido. Así que, me decías, tienes muchas cosas
que hacer.
Fernando
titubeó un instante. –Bueno, bueno. ¿Entonces que quiere?
-Por
lo pronto, desayunar; por cierto, yo invito. –Se dio media vuelta y
cruzó la calle hacia un pequeño café con un toldo color marrón.
Tras
ordenar cada uno, Fernando insistió en obtener respuestas deslizando
la tarjeta sobre el mantel de la mesa a la vez que abría los ojos y
arqueaba las cejas con aire inquisitivo.
-Verás
Fernando, el problema con este mundo, es que vivimos nuestras vidas
de la manera perfectamente lógica.
-¿Cómo?
–preguntó Fernando.
-Claro
que es así. Te explico; poco tiempo después de que nacemos, parece
perfectamente lógico que estudiemos, en esto, se te va, digamos un
quinto de tu vida. En el transcurso, es perfectamente lógico que
obedezcas a tus padres, tomes clases de violín o cualquier cosa que
se le ocurra a tu mamá. Irás a un colegio que no escogiste, con
compañeros que no escogiste y con materias que ni por error
quisieras. Pero todo esto es algo perfectamente lógico, ya que
siendo niños no tenemos la madurez para decidir con sabiduría y lo
debe hacer el gobierno y nuestros padres por nosotros. ¿Me voy
explicando?
-Mmmh,
un poco, siga.
-Entonces,
a la hora de escoger una profesión un examen te dice lo que es
perfectamente lógico que estudies. Ya que con base en tus respuestas
te pones al cuello una soga que resulta perfectamente lógico asumas
como si fuera la corbata más cómoda del mundo. Acabada tu carrera
escogida con lógica perfecta el siguiente paso es conseguir un
empleo. En caso de que tus padres tengan un negocio, es perfectamente
lógico que asegures su operación por el resto de tus días. De no
ser así, viajarás de oficina en oficina, entregando papeles que
intentan decir quién eres, qué sabes y qué puedes hacer. ¿Me
equivoco?
Una
mesera cargada con dos platos y dos jugos de naranja interrumpió el
monólogo y después de entregarlos con aire amistoso se aprestó a
rellenar las tazas de café de los demás clientes.
-Y
en fin, el problema, es que cuando ya eres mayorcito –continuó don
Blas –pues es perfectamente lógico que consigas un trabajo, ya que
si no lo haces, pues probablemente no eres tan mayorcito como
pensabas, y tus padres y el gobierno vuelven a decirte que no es
posible una vida fuera de esa caja.
Don
Blas se le quedó viendo a Fernando que había terminado sus hot
cakes y lo mirada con gesto incierto.
-¡En
fin! -dijo dando un golpe a la mesa. -El punto es que me cansé de
las decisiones perfectamente lógicas, me metí una cápsula de
sangre falsa a la boca y fingí un paro cardiaco o lo que haya sido
eso en plena calle.
-Y
todo eso lo hizo para… -Fernando seguía pasmado por las
explicaciones de su interlocutor.
-Velo
de esta manera, nos hice un favor a los dos, nos arranqué de un
ciclo de decisiones perfectamente lógicas. Yo me arrojé en una
pantomima de agonía callejera. Si me preguntas, fue toda una
experiencia ver las caras de los transeúntes, realmente creo que lo
logré. ¡Y en el primer intento! Tú nunca hubieras pensado que ese
día un “moribundo” te pediría que lo acompañaras al hospital
para no morir en soledad, y menos que cederías ante su capricho.
Fernando
permaneció inmóvil en su asiento, con la mirada al frente y las
manos cruzadas sobre su pecho.
-La
verdad –continuó don Blas- creo que no será la última vez que
haga esto. El retiro es monótono y aburrido, y es más por tu
cooperación y disposición, me parece perfectamente lógico que te
recompense por ser partícipe de mi embuste.
Don
Blas reía disimuladamente de manera intermitente mientras rellenaba
un cheque al portador, tras arrancarlo y extenderlo a su compañero
de desayuno preguntó:
-¿y
bien?, ¿qué opinas de todo esto?
Después
de un segundo Fernando dijo –Creo que tomó la decisión
perfectamente incorrecta en su vida. Ya que debió dedicarse a la
actuación.
Tomó
el cheque de la mano de su ahora pasmado benefactor y salió por la
puerta, debía alistarse para una entrevista de trabajo en menos de
una hora.

No hay comentarios:
Publicar un comentario