Por Rodolfo Pérez Castellanos.
Vivir en las
calles nunca había sido tan fácil. Lorenzo nació en una familia habituada a
vivir en ellas y las conocía en todas sus facetas. Cuando vivía con su padre le
gustaba escuchar sus cuentos sobre cómo, en antaño, las personas estaban hechas
de “otra pasta”. Encontrar ayuda, conseguir un bocado de la mano de algún alma
caritativa resultaba casi imposible. Era necesario hurgar en los basureros,
beber de las verdes aguas de las fuentes públicas e incluso robar; con cierta
vergüenza, de las manos y bolsos del mandado de algún transeúnte distraído.
Ahora
Lorenzo vivía a plenitud, nunca le faltaba comida, cuando enfermaba, siempre se
compadecían de él con una sinceridad transparente. Sin miramientos la gente se ocupaba
de sus gastos médicos. Incluso, lo llegaron a invitar a vivir a casa de
espléndidas personas. Pero él siempre escapaba a hurtadillas en cuanto
recuperaba sus fuerzas. Su vida era la calle y no cambiaría la libertad de
caminar a media noche por donde le placiera, dormir bajo las estrellas y
conocer mejor que nadie cada rincón de la ciudad.
Vivir
recorriendo las arterias de la ciudad era más fácil, no existían demasiadas
reglas para sobrevivir. En algunas colonias ya lo conocían, cuando se paseaba por
ahí en los calurosos días de verano, por todos lados se oían exclamaciones –Ahí
viene Lorenzo-. -¿Cómo va todo?, ¿Viviendo la vida loca?-. Él solo sonreía y
asentía ligeramente. Después de los saludos de formalidad necesarios, le
ofrecían agua y comida.
Lo que
resultaba más difícil, o mejor dicho, más molesto; eran las noches de lluvia y
frío. Sin embargo, nunca le había faltado alguna manta o ropa vieja, donación
de algún transeúnte que le viera refugiado bajo algún puente o en los kioscos
de estilo francés de los parques.
Llevando
esta vida, y existiendo gracias a la caridad, Lorenzo llegó a la conclusión de
que el ser humano era ente profundamente bondadoso. El crecimiento del espíritu
humano a través de la historia era digno de reconocer. El nivel de empatía con
los más necesitados como él, pareciera no poder llegar a más altos niveles.
Siempre que tropezaba en su camino con otro vagabundo en su misma situación,
compartían y conversaban sobre la misma experiencia de abundancia y plenitud en
las avenidas y puentes de la ciudad, y de los regalos obtenidos de la mano del
hombre.
Después de
tantas atrocidades y sufrimiento, el humano ha aprendido a vivir y sobre todo,
convivir con los menesterosos asumiendo el rol de heraldos de justicia para con
los necesitados como Lorenzo. Incluso se crearon leyes para protegerlos,
regulaciones legales que casi los glorificaban; si por alguna extraña razón
alguien los maltrataba, la reacción popular no se hacía esperar. Lázaro
recuerda divertido cómo se llegó a convocar a marchas a favor de los
abandonados y cómo a nivel internacional se estableció un día especial para
ellos (el 4 de abril).
Vivir en las
calles nunca había sido tan fácil.
Para Lorenzo
era muy fácil, él era un simpático perro. Pero para Jonás, que tenía dos
apellidos. Manos y pies en lugar de patas. Una boca que suplicaba por comida y
agua; hacía casi una semana que no recibía alimento, sus pies formaban un
extraño mapa formado por llagas, y sus ojos, buscaban la humanidad en las
pupilas de los de su misma especie. Esos seres de corazón duro y egoísta lo
pasaron de largo en más de una ocasión, alimentaban al simpático y rechoncho
perro de la esquina y se retiraban con expresiones radiantes producto de sus
acciones tan humanitarias y para ellos consideradas como trascendentes para
hacer del mundo un lugar mejor.
Mientras,
Jonás pensaba:
Vivir en las calles nunca había sido tan complicado.
Vivir en las calles nunca había sido tan complicado.

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