Por Fernando Guzmán de Anda.
La tenue luz de
la chimenea iluminaba tímidamente el pequeña estudio. El piso de madera
cubierto por una gruesa alfombra de indescifrable color y al centro se
encontraba la oscura mesa de pino que le regalara a Apolo su difunta abuela.
La habitación se encontraba rodeada
de grandes y pequeños estantes llenos de libros, que abordaban el infinito mar
de los tópicos humanos. En un acomodo carente de todo orden coexistían en el
estudio los más grandes autores, desde las novelas de Julio Verne hasta
Aristóteles, Sócrates y Maquiavelo.
Mientras daba vueltas entorno a la
solitaria mesa, Apolo cavilaba uno tras otro sus pensamientos intentando
encuadernar un sentimiento. Las horas se sucedían unas a otras en un devenir
tristemente inevitable.
La sombra se detuvo un instante, su
cuerpo se estremeció por un largo escalofrío. Escuchó en su interior el alegre
caminar de los ligeros pasos de su inseparable compañero.
-¿Qué haces aquí esperando a que tu
vida termine?, existe un mundo alegre y lleno de placeres.
-¿No entiendes Dionisio?, ¿acaso tu
vana algarabía te impide sentir el clamoroso crujir de mi alma que se encuentra
esclavizada?
Apolo, no dispuesto a soportar la
dolorosa presencia de Dionisio, en muestra de su enfado, se dejo caer
pesadamente en el sillón viejo y remendado que su abuelo trajera de sus largos
viajes por el Peloponeso.
- Viejo cascarrabias, venga,
cuéntame, ¿Qué tontería distrae tu alma?
-¿Tontería?, ¿acaso Romeo fue un imbécil
que se dejo seducir por la maléfica sonrisa de Julieta?, ¿es la esperanza de
Odiseo pesado yugo, plétora de su castigo?, ¿es en fin, dulcinea hermosa
pesadilla que envuelve en su locura al más valiente de los hombres?
- ¡Penélope, Julieta, Dulcinea!,
¡para Apolo!, haz leído demasiado, ¿haz encontrado la felicidad en algún
libro?, patrañas. Salgamos de este estudio, tu mundo no es real, ¡despierta!
-¿un sueño?, ¡no!, no lo es, ella
vive, respira, camina entre los muertos.
-¿ella?, venga Apolin, al fin me
hablas en mi lengua; dime: ¿quién es la que te trae enculado?
-ella, amigo, es la obra más bella
de la naturaleza, culmen y condena de la creación divina. Es Diosa que a los
hombres se entrega, tan pura, tan buena. Sólo con ella encuentra razón mi
existencia.
-amor, ¿esa es tu enfermedad Apolo?,
me alegra decirte que ambos podemos entrar en cuarentena.
-Dionisio, me sorprendes, ¿cómo es
que el león indomable fue cazado?, ¿haz decidido ya sentar cabeza?
-Apolo, ¡Apolo!, un alegre destello
y vuelves luego a tu patética sentencia, ¿cómo crees que ella es cadena,
cordura o camino? ¡Loco!, ella no es más que alegría, baile, placer. Sí, placer
es la palabra. ¿Crees acaso que Romeo es un héroe?, ¡iluso!, un muerto que no
vivió, más le valía quedarse con Rosalía, eso no es ella.
Apolo se levantó
profundamente exacerbado, semejante afirmación, tan pérfida y corrupta, no
podía tolerar tan grande difamación para su amada. Desesperado retomo su
caminar entorno a la vieja mesa, único testigo de tan terrible falacia.
-¿Apolo crees
que yerro en mi creencia?, haz leído tanto que tu mirada se ha quedado corta;
triste e infeliz es tu mundo, y a ella, a ella no la conoces, no sabes como
corresponderla, no sabes como sentirla, como vivirla.
-Calla infeliz,
¿qué sabes tu de ella?, tu mirada es la incompleta, tu mundo carece de sentido,
todo pasa, recuerda ¡todo pasa!
Apolo y Dionisio
cruzaron sus miradas, odio, lastima y desprecio se entregaban. Profundo
conflicto, la gran batalla del hombre, una sola causa: Ella, la eterna divisora
de los hombres.
Y de esa alcoba,
rodeada de viejos recuerdos y cargada de sueños y lamentos, salió aquella noche
el último aliento, desgarrado grito que desde lo más profundo del ser, le
recrimina a la vida su existencia, inevitable preludio de un sueño que termina.

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