lunes, 2 de junio de 2014

Ella





Por Fernando Guzmán de Anda.


La tenue luz de la chimenea iluminaba tímidamente el pequeña estudio. El piso de madera cubierto por una gruesa alfombra de indescifrable color y al centro se encontraba la oscura mesa de pino que le regalara a Apolo su difunta abuela.



La habitación se encontraba rodeada de grandes y pequeños estantes llenos de libros, que abordaban el infinito mar de los tópicos humanos. En un acomodo carente de todo orden coexistían en el estudio los más grandes autores, desde las novelas de Julio Verne hasta Aristóteles, Sócrates y Maquiavelo.



Mientras daba vueltas entorno a la solitaria mesa, Apolo cavilaba uno tras otro sus pensamientos intentando encuadernar un sentimiento. Las horas se sucedían unas a otras en un devenir tristemente inevitable.



La sombra se detuvo un instante, su cuerpo se estremeció por un largo escalofrío. Escuchó en su interior el alegre caminar de los ligeros pasos de su inseparable compañero.



-¿Qué haces aquí esperando a que tu vida termine?, existe un mundo alegre y lleno de placeres.



-¿No entiendes Dionisio?, ¿acaso tu vana algarabía te impide sentir el clamoroso crujir de mi alma que se encuentra esclavizada?



 Apolo, no dispuesto a soportar la dolorosa presencia de Dionisio, en muestra de su enfado, se dejo caer pesadamente en el sillón viejo y remendado que su abuelo trajera de sus largos viajes por el Peloponeso.



- Viejo cascarrabias, venga, cuéntame, ¿Qué tontería distrae tu alma?



-¿Tontería?, ¿acaso Romeo fue un imbécil que se dejo seducir por la maléfica sonrisa de Julieta?, ¿es la esperanza de Odiseo pesado yugo, plétora de su castigo?, ¿es en fin, dulcinea hermosa pesadilla que envuelve en su locura al más valiente de los hombres?



- ¡Penélope, Julieta, Dulcinea!, ¡para Apolo!, haz leído demasiado, ¿haz encontrado la felicidad en algún libro?, patrañas. Salgamos de este estudio, tu mundo no es real, ¡despierta!



-¿un sueño?, ¡no!, no lo es, ella vive, respira, camina entre los muertos.



  -¿ella?, venga Apolin, al fin me hablas en mi lengua; dime: ¿quién es la que te trae enculado?



-ella, amigo, es la obra más bella de la naturaleza, culmen y condena de la creación divina. Es Diosa que a los hombres se entrega, tan pura, tan buena. Sólo con ella encuentra razón mi existencia.



-amor, ¿esa es tu enfermedad Apolo?, me alegra decirte que ambos podemos entrar en cuarentena.



-Dionisio, me sorprendes, ¿cómo es que el león indomable fue cazado?, ¿haz decidido ya sentar cabeza?



-Apolo, ¡Apolo!, un alegre destello y vuelves luego a tu patética sentencia, ¿cómo crees que ella es cadena, cordura o camino? ¡Loco!, ella no es más que alegría, baile, placer. Sí, placer es la palabra. ¿Crees acaso que Romeo es un héroe?, ¡iluso!, un muerto que no vivió, más le valía quedarse con Rosalía, eso no es ella.



Apolo se levantó profundamente exacerbado, semejante afirmación, tan pérfida y corrupta, no podía tolerar tan grande difamación para su amada. Desesperado retomo su caminar entorno a la vieja mesa, único testigo de tan terrible falacia.



-¿Apolo crees que yerro en mi creencia?, haz leído tanto que tu mirada se ha quedado corta; triste e infeliz es tu mundo, y a ella, a ella no la conoces, no sabes como corresponderla, no sabes como sentirla, como vivirla.



-Calla infeliz, ¿qué sabes tu de ella?, tu mirada es la incompleta, tu mundo carece de sentido, todo pasa, recuerda ¡todo pasa!



Apolo y Dionisio cruzaron sus miradas, odio, lastima y desprecio se entregaban. Profundo conflicto, la gran batalla del hombre, una sola causa: Ella, la eterna divisora de los hombres.



Y de esa alcoba, rodeada de viejos recuerdos y cargada de sueños y lamentos, salió aquella noche el último aliento, desgarrado grito que desde lo más profundo del ser, le recrimina a la vida su existencia, inevitable preludio de un sueño que termina.


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