lunes, 26 de mayo de 2014

El tribuno




Por Rogelio de Jesús Huerta Ibarra.



Aferrado a la silla de su caballo y avanzando lo más lento posible, el odiado Próbulo cabalgaba entre una apretujada multitud que hacía silencio y lo miraba con desprecio. Cuatro bien armados soldados lo custodiaban a cada uno de sus lados mirando como perros desconfiados al gentío, como en espera de que a alguno (o a varios) se les ocurriese salirse del orden e intentar alguna locura en contra del tribuno romano.



Para sus adentros, Próbulo no podía entender como aquella gente que había sacado de la barbarie no le estaba agradecida; deberían de considerar que él había destruido sus creencias religiosas para traerles el orden de los nuevos dioses. Sujetarse a los designios de Júpiter, ofrecer regalos a Juno y dejarse seducir por las mieles de  Venus era mejor que quemar tortolitas en una rascuache pila de ramas secas frente a un mal formado espectro de barro.



Se preguntaba ¿Cómo sería posible que aquella gente no viese la grandeza del oro de Roma? El rostro del emperador lucía sonriente y brillaba como el mismo sol en las monedas; a todo mundo le daba alegría el oro de romano. En las otras ciudades la gente se mataba haciendo negocios lícitos e ilícitos por conseguirlo, y esta plebe en cambio parecía que preferían el trueque y los intercambios de servicios, que saciar sus deseos con aquello que el preciado metal les podía brindar.



Seguro de sí mismo, no lograba entender como las jóvenes y hermosas mujeres seguían con los rostros húmedos, llorosos y sombríos después de que las tropas imperiales habían masacrado a sus padres, a sus hermanos, a sus maridos y a sus hijos, si eran nada en comparación con los hombres romanos que las poseerían después, y más aún, de sus hermosos y rubios hijos que con ellos engendrarían y que aumentarían el prestigio de ellas entre las demás mujeres del orbe.



O simplemente, ¿Por qué no había vítores y truenos de trompetas en vez de aquella sepulcral recepción? No había acaso él venido en representación del mundo a empedrar sus calles, construirles residencias y acarrear agua con merecidos acueductos que llenaran su ciudad con bellas y juguetonas fuentes; donde los más infortunados tendrían siempre un amo a quien servir y que no les faltaría nunca alimento en abundancia para saciar el hambre, y mejor aún, si era un patricio de buen gusto, bien podría rodearlos de esclavos bellos, hombres y mujeres de formas escultóricas que llenaran además de sus vistas algunos de sus más profundos apetitos.



Aquellas caras largas, silenciosas y dolientes, no sabían lo que era probar las delicias del vino, escuchar bellas canciones y ver bailar hermosos danzantes semidesnudos a la luz de las velas y del fuego, en espléndidas fiestas y banquetes; donde el exceso (que por aquellos lugares no había) les vestiría mejor con ropas de seda y lino fino, perfumaría sus cabezas y sus cuerpos con bellas esencias y aceites, pintarían sus caras de rubor y portarían exóticos y exquisitos peinados, que brillarían aún más con las joyas. Joyas de oro y plata, con perlas y exquisitos diamantes, esmeraldas como ojos, zafiros y rubíes, pendientes, pulseras y ricos collares.



Todo eso llegaba con él aquel día, y sin embargo, veía a las mujeres abrazadas de las criaturas que se salvaron; vistiendo harapos y girones de tela maltrecha a los hombres y a los ancianos. Cueros raídos, pies negros y descalzos que se habían curtido de una manera horrible por andar siempre así. Pieles bronceadas por el trabajo, comidas pobres y tierras desperdiciadas que solo producían lo que se necesitaba.



Seguía caminando por el paraje, mirando continuamente el pomo de su espada “por si acaso”. Comparando sus fuertes y a la vez delicadas manos adornadas con sus primorosos anillos, en vez de esas manos toscas y burdas de leñadores, ganaderos, agricultores, pescadores, carpinteros, tejedores, orfebres y demás oficios que no hacían otra cosa más que vulgarizar. Escudado en su gruesa armadura de bronce, con sus fieles guardianes que lo protegerían con su sangre, y que estaban dispuestos a cumplir la más descabellada de las órdenes con tal de darle gusto.



Pero la multitud seguía quieta, estaba cansada de llorar, de ver morir a sus seres más queridos, de ver desaparecer eso que más amaban, de saber que su tierra, que ya no era de ellos, sería lapidada entre las ruinas de la más repugnante opulencia, que no se saciaría nunca hasta acabar con todo aquello que era bueno, noble y puro; y que aún subsistía en los corazones de muchos. Que sabían reír y llorar, y apreciar el atardecer y agradecer el amanecer. Que veían en el sol a Dios. Que sabían convivir todos, que el delito no existía porque no existía la soberbia, el rencor, el apetito voraz y desordenado, el amor a las cosas improductivas, y que tenían la más grande repulsión por la crueldad de amar aquello que no corresponderá nunca al corazón humano, lo material; y que siempre, sin embargo, lo hará sentir insatisfecho y vacío. Ese sentimiento, enfermedad vil que carcome la mente hasta el más profundo pensamiento, y quema, secando hasta el más grande de los corazones que se dejan guiar por él.

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