Por Rogelio de Jesús Huerta Ibarra.
Aferrado
a la silla de su caballo y avanzando lo más lento posible, el odiado Próbulo
cabalgaba entre una apretujada multitud que hacía silencio y lo miraba con
desprecio. Cuatro bien armados soldados lo custodiaban a cada uno de sus lados
mirando como perros desconfiados al gentío, como en espera de que a alguno (o a
varios) se les ocurriese salirse del orden e intentar alguna locura en contra
del tribuno romano.
Para
sus adentros, Próbulo no podía entender como aquella gente que había sacado de
la barbarie no le estaba agradecida; deberían de considerar que él había
destruido sus creencias religiosas para traerles el orden de los nuevos dioses.
Sujetarse a los designios de Júpiter, ofrecer regalos a Juno y dejarse seducir
por las mieles de Venus era mejor que
quemar tortolitas en una rascuache pila de ramas secas frente a un mal formado espectro
de barro.
Se
preguntaba ¿Cómo sería posible que aquella gente no viese la grandeza del oro
de Roma? El rostro del emperador lucía sonriente y brillaba como el mismo sol
en las monedas; a todo mundo le daba alegría el oro de romano. En las otras ciudades
la gente se mataba haciendo negocios lícitos e ilícitos por conseguirlo, y esta
plebe en cambio parecía que preferían el trueque y los intercambios de
servicios, que saciar sus deseos con aquello que el preciado metal les podía
brindar.
Seguro
de sí mismo, no lograba entender como las jóvenes y hermosas mujeres seguían
con los rostros húmedos, llorosos y sombríos después de que las tropas
imperiales habían masacrado a sus padres, a sus hermanos, a sus maridos y a sus
hijos, si eran nada en comparación con los hombres romanos que las poseerían
después, y más aún, de sus hermosos y rubios hijos que con ellos engendrarían y
que aumentarían el prestigio de ellas entre las demás mujeres del orbe.
O
simplemente, ¿Por qué no había vítores y truenos de trompetas en vez de aquella
sepulcral recepción? No había acaso él venido en representación del mundo a
empedrar sus calles, construirles residencias y acarrear agua con merecidos
acueductos que llenaran su ciudad con bellas y juguetonas fuentes; donde los más
infortunados tendrían siempre un amo a quien servir y que no les faltaría nunca
alimento en abundancia para saciar el hambre, y mejor aún, si era un patricio
de buen gusto, bien podría rodearlos de esclavos bellos, hombres y mujeres de
formas escultóricas que llenaran además de sus vistas algunos de sus más
profundos apetitos.
Aquellas
caras largas, silenciosas y dolientes, no sabían lo que era probar las delicias
del vino, escuchar bellas canciones y ver bailar hermosos danzantes semidesnudos
a la luz de las velas y del fuego, en espléndidas fiestas y banquetes; donde el
exceso (que por aquellos lugares no había) les vestiría mejor con ropas de seda
y lino fino, perfumaría sus cabezas y sus cuerpos con bellas esencias y
aceites, pintarían sus caras de rubor y portarían exóticos y exquisitos
peinados, que brillarían aún más con las joyas. Joyas de oro y plata, con
perlas y exquisitos diamantes, esmeraldas como ojos, zafiros y rubíes,
pendientes, pulseras y ricos collares.
Todo
eso llegaba con él aquel día, y sin embargo, veía a las mujeres abrazadas de
las criaturas que se salvaron; vistiendo harapos y girones de tela maltrecha a
los hombres y a los ancianos. Cueros raídos, pies negros y descalzos que se
habían curtido de una manera horrible por andar siempre así. Pieles bronceadas
por el trabajo, comidas pobres y tierras desperdiciadas que solo producían lo
que se necesitaba.
Seguía
caminando por el paraje, mirando continuamente el pomo de su espada “por si
acaso”. Comparando sus fuertes y a la vez delicadas manos adornadas con sus
primorosos anillos, en vez de esas manos toscas y burdas de leñadores,
ganaderos, agricultores, pescadores, carpinteros, tejedores, orfebres y demás
oficios que no hacían otra cosa más que vulgarizar. Escudado en su gruesa armadura
de bronce, con sus fieles guardianes que lo protegerían con su sangre, y que
estaban dispuestos a cumplir la más descabellada de las órdenes con tal de
darle gusto.
Pero
la multitud seguía quieta, estaba cansada de llorar, de ver morir a sus seres
más queridos, de ver desaparecer eso que más amaban, de saber que su tierra,
que ya no era de ellos, sería lapidada entre las ruinas de la más repugnante
opulencia, que no se saciaría nunca hasta acabar con todo aquello que era
bueno, noble y puro; y que aún subsistía en los corazones de muchos. Que sabían
reír y llorar, y apreciar el atardecer y agradecer el amanecer. Que veían en el
sol a Dios. Que sabían convivir todos, que el delito no existía porque no
existía la soberbia, el rencor, el apetito voraz y desordenado, el amor a las
cosas improductivas, y que tenían la más grande repulsión por la crueldad de
amar aquello que no corresponderá nunca al corazón humano, lo material; y que
siempre, sin embargo, lo hará sentir insatisfecho y vacío. Ese sentimiento,
enfermedad vil que carcome la mente hasta el más profundo pensamiento, y quema,
secando hasta el más grande de los corazones que se dejan guiar por él.

No hay comentarios:
Publicar un comentario