Temo a escribir lo que aún no he contado porque se cuenta más rápido y con más detalle cuando es hablado que cuando es escrito. Y es que no regresas a corregir una palabra, simplemente agregas la que te parece más correcta, pero la primer palabra que dices es lo que es. Es lo primero que salió por alguna razón y no deja de existir una vez que la expresaste. No se borra cuando hablas. Sólo complementas con algo tal vez más adecuado. Cuando escribes lo plasmas y lo dejas trascender, logras llegar a más personas de las que pudieras pensar, mas el texto sufrió una alteración. Sufrir es un buen verbo para un texto que aunque no sienta un dolor ni reciba resignación de un daño físico o moral por no tener sentidos ni consciencia, sí que sufre en el sentido de ser sometido a ciertos cambios que lo modifican en su forma. Primero de tu mente a tus manos, con las cuales lo pones en letras. Segundo porque borras, corriges, agregas y nadie supo lo que hubo antes en el lugar que ocupan ahora estas letras, o aquellas otras. Uno mismo olvida lo que expresó antes, la manera en que lo hizo o los términos que usó.
Temo a escribir también lo que si he contado, porque lo segundo es improvisado, fluye. Lo primero es por reflexión. Que tenga más estilo, buena sintaxis y se hayan respetado reglas de gramática. La palabra oral suele ser más natural, como lo fueron y siguen siendo los sucesos narrados, a la vez protagonistas y escenarios de lo que se cuenta. Los detalles están en El momento. Al hablarlo se pierden muchos, se olvidan o ignoran otros por la subjetividad o inatención, pero se rescatan y resaltan algunos otros por estas mismas razones.
Es por esto que este texto no se lee como se pudiera. Porque procuré no regresar a corregir errores de dedo, de estilo o de vocabulario. No volví atrás a agregar mayúsculas o borrar puntuación. Por supuesto que escribí con cuidado para prevenir algunas posibilidades, y desde luego que hubo reflexión, con la pura intención de que aunque pensado, fuese natural, sin correcciones o arrepentimientos, no morales, sino de los que hablaba al comenzar esta nota, de una palabra por otra para que no se repitan o suenen mejor. También procuré no usar guiones, comillas, punto y comas o diagonales, pues si estuviera no escribiendo sino hablando no utilizaría esos recursos. Mi escrito no rima, no contiene aliteraciones, mis frases no son versos de arte mayor o menor, es si a caso arte por que es creación momentánea que comunica un pensamiento. O varios.
Si escribo algo que he contado, de la manera en que lo he hecho, o si cuento algo y lo escribo al momento de escucharme en una grabación, podré recuperar lo máximo y a partir de ahí complementar con todo lo que llegue a sentir en ese momento, sin que el resultado sea únicamente el de mi estado de ánimo o físico actual. Por estos aspectos se pueden y se suelen agregar u omitir detalles importantes que uno mismo podría resagar.
Por último y dejando un poco de lado el aspecto intento literario del temor a escribir, comento que el aspecto emocional tiene gran importancia también.
Temo a escribir lo que no he contado porque para tomar consciencia es necesario recurrir al lenguaje. Desarrollar pensamientos complejos a partir de sencillos conceptos requiere del lenguaje en cualquiera de sus versiones. Me resulta más facil decir todo, soltar las palabras sin estudiar si quedan bien o mal, y más tarde revisar y corregir si es necesario para facilitar su comprensión. Los motivos de no haber contado tal o cual evento o sentimiento puede no solo ser la falta de completa toma de consciencia, sino además la propia intimidad.
Temo a escribir lo que si he contado, porque el espacio concreto es más reducido y a la vez más amplio que el espacio abstracto. Más reducido porque uno se limita por las correcciones de lo que parece innecesario o repetitivo. Más amplio porque puede uno retomar cuantas veces quiera, donde lo dejó. Más reducido porque la mente trabaja más rápido que las manos y los ojos y la máquina y la pluma. Y más amplio porque el dar un orden a las ideas y a las palabras da forma al fondo de lo que se está comunicando. Más reducido porque cuando decides detenerte de escribir por cualquiera que fuere la razón, no te detienes de pensar, y los párrafos que pudiesen no estar inconclusos, entonces sí que quedan incompletos. Más amplio el espacio concreto de lo escrito, que el abstracto de lo hablado o de lo pensado porque una charla va hilando y entrecruzando varios temas o conceptos y en ocasiones es difícil retomar ideas que han quedado atrás, lo pensado va divagando y la mente va y viene en un viaje de percepciones infinito, mas en el texto escrito uno regresa y ya.
De pensar uno no termina nunca, hasta que muere y entonces nos volvemos pensamiento de otros, si es que hemos dejado algo que valga la pena recordar y pensar, pero ese tema no viene al caso en estas líneas. De escribir en cambio, uno termina aunque sea en espera del siguiente capítulo, cuando anota o teclea como éste, el punto final.

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