lunes, 24 de marzo de 2014

Un Febrero en Ucrania

   

Por Rodolfo Pérez Castellanos.

 Cuando el invierno llega a su ocaso y la nieve comienza su lento deshielo, no solo corre agua por las calles, también corre sangre, latas de gas lacrimógeno y niños asustados.

      La terrible noticia la supieron todos. El parlamento Ucraniano autorizó el uso de armas letales contra los manifestantes. Cuando se supo la resolución, semblantes cansados por la batalla se hincharon con lágrimas. Otros parecieron estirarse en muecas líquidas como vómitos, similares a los de aquellos que ven la muerte por primera vez frente a frente.

      Los efectos de una decisión tomada por trajes vacíos de conciencia no tardaron. Más de sesenta personas testificaron de primera mano el reemplazo de macanas, balas de goma y chorros de agua por rifles de largo alcance, cuyos proyectiles dejaban a su paso sangre y clamores disueltos por el rugir de las armas.

      Después de tres meses de conflicto todos conocían algún “mártir” del movimiento Euromaidán. Para la familia que encabeza Pavel todo inició con la muerte de Sergei, su hijo menor. 

      Como eco de la primera ola de muertes desatada aquel jueves negro de finales de febrero, al día siguiente dos personas fueron mencionadas en los periódicos internacionales. “Sergei Nigoián habría muerto de madrugada a consecuencia de heridas de armas de fuego en el pecho y el cuello”. Describió el diario “El País”.

      Pavel Nigoián se enteró de forma diametralmente distinta y marcada por el silencio y el sabor salado de las lágrimas de rabia. Fueron los amigos que invitaron a su hijo al movimiento, que aparecieron con miradas clavadas al suelo. Su sola presencia en el dintel de la puerta de la familia fue notificación suficiente, y sin cartas de pésame o ceremonias rebuscadas, el mensaje se consideró entregado junto al cuerpo de Sergei en una sencilla caja de madera.

      Al día siguiente, después del entierro de una víctima más; Pavel y Viktor -su hijo mayor-, entraron amalgamados entre varios centenares a la oficina del presidente, ahora como nuevos miembros de la lucha. Ese 22 de febrero, como un presagio de su integración a las filas del movimiento, se habló del triunfo de las ideas políticas que abrían las puertas a la Unión Europea en Ucrania, un motivo de tantos de las protestas que muchos calificaban como nazistas, fascistas y más, puestos al servicio de Estados Unidos y la Unión Europea.

      Entre gritos de triunfo y banderas al vuelo, Pavel recordó como inició todo. Poco después de las primeras manifestaciones, su hijo comenzó una campaña de recolección de botellas de vidrio, y bajo ninguna excusa las dejaba ir a los basureros de la ciudad. Sergei ya había sido testigo de algunas rencillas entre policías y manifestantes. Era sabido el curso que tomarían las cosas; se comienza con pedradas y petardos, y continúa con los patios familiares convertidos en almacenes de materia prima para bombas caseras. 

      La primera manifestación de conflicto es cuando los ciudadanos guardan botellas vacías y se compra gasolina en tanques de plástico para rellenarlas.

      Después de un centenar de muertes y la destitución del presidente Viktor Yanukovych, la esperanza invadía los corazones de los manifestantes. De la mano con el cierre de los Juegos Olímpicos Invernales en Rusia, evento cargado de discursos y promesas de unidad entre las naciones, se esperaba el arribo de una paz primaveral para la región.

      Sin embargo una semana después, las hojas con los sermones olímpicos perdieron su validez y tomaron el color amarillo de un papel viejo y olvidado.

      La disuelta Unión Soviética reclamó su derecho histórico sobre el territorio con el pretexto de proteger a los pobladores rusos de la región. De tal suerte que el país que hace más de veinte años poseía aquellas tierras, en un movimiento sin precedentes autorizó un despliegue militar aprobado por unanimidad y propuesto por Vladimir Putin. 

      Pareciera ser la confirmación de las afirmaciones de la revista “Fobres” en el 2013, al señalarlo como el hombre más poderoso del mundo, y un desafío por mantener el título por lo menos un año más.

      Las noticias de la invasión a la península de Crimea. Ubicada a poco más de seiscientos kilómetros de Sochi, sede de los Juegos Olímpicos conmocionó al mundo.

      Las amenazas internacionales no se hicieron esperar. Las oficinas de relaciones internacionales convulsionaron. Los líderes religiosos reiteraron sus llamados a la paz y a la cordura. Y las naciones dispusieron sus brazos para comenzar el espectáculo para ver quién era el más fuerte.

      Ahora la nieve no la derrite los neumáticos en llamas ni la gasolina encendida. Rodeados de una atmósfera de falsa calma y silencio, Pavel y su ahora único hijo esperan sentados en una plaza del epicentro de un país dividido, expectantes de lo que decida el destino para ellos.  Los acompañan los neumáticos quemados y restos de la batalla aún sin recoger. Observan los ríos de agua producto del deshielo, que recorre las calles, limpiando el hollín y la sangre.

      Es el sol el que devuelve a su forma líquida los bloques de hielo, el mismo que calienta sus espaldas. Es la promesa de una primavera falsa. Esbirro que lava la historia de un conflicto, que llegó para convertirse en guerra.

Blog del Autor: De donde no son los cuentos

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