Por Karen Ventura
Él era un muchacho que no era guapo. Para todo hay
gustos, pero su atractivo no era el físico. No es tampoco que fuera el hombre
más feo de la universidad, pero insisto, de guapo no tenía mucho. Un tanto
desaliñado en su manera de vestir, no hubiera sido fácil distinguir entre su
vestuario de ladrón árabe en medio de la guerra y su atuendo personal de cada
día. Amaba las paradojas, mientras más le gustaban, más le parecían odiosas sus
complicaciones. Tal vez porque él mismo era una y lo había descubierto muy
pronto en su vida. Sabía que era diferente a los demás, lleno de intereses y
habilidades que le encantaba desarrollar. En alguna escena me descubrí
sonriendo sin actuar, al verlo en su papel de sacerdote. Tenía una linda
sonrisa. Papeles tan opuestos en la obra como en su realidad. El cabello negro
con un corte descuidado, lentes de marco rectangular grueso del mismo color
azabache. Barba “de monasterio” como dijo alguna vez un compañero: una madre
por aquí, una por allá- o de chino como decía mi papá acerca de la pobre y
desequilibrada disposición de cada vello sobre la superficie del mentón y
mejilas de un hombre –“chi, no.. chi, no”… Su atractivo radicaba a mi parecer
en la personalidad tan abierta y sonriente –tenía una linda sonrisa, sé que ya
lo dije-, en su intelecto y sus pláticas
interesantes a pesar de ser 4 años más joven que yo en aquél entonces. No
aparentábamos esa diferencia de edad, o eso creía yo, con mis 27 y él con sus
22, un hombre alto, amigo de una chica bien conservada como yo. Un día pensé
que si yo me lo permitía, él podría gustarme pues me sentía atraída hacia él y
sus talentos e intereses. No quería permitírmelo porque no me gustaba su
aspecto pero a fin de cuentas era consciente de que no era lo primordial aun
para mí y me llegué a susurrar al oído que si me invitara a salir, lo haría.
Llegó un día en el que abrió su mochila para sacar de
la bolsa exterior una hoja blanca doblada en cuatro y pedir mi opinión
“psicológica” acerca de lo que estaba invitándome a leer. “¿Es una carta de
amor?” le pregunté. “Si” contestó él sonriente como siempre. Sus lentes
enmarcaban su boca de una manera bastante linda, ¿cómo? no sé, pero lo hacían.
Era además una sonrisa seductora que claramente no llevaba esa intención. Carta
de amor para alguna niña de su escuela, de su edad… Al desdoblar el papel vi
uno de los últimos nombres que creí leer. Mi compañera, nuestra amiga.
De: Eduardo Para: Liliana [No pude evitarlo, soñé
contigo]
Desdoblé una vez más la hoja por la mitad que restaba
y comencé a seguir con la vista y todo lo que implica la interpretación de un
mensaje, cada línea escrita con tinta negra, implicando un sentido crítico pues
es lo que él me había pedido: opinión desde el punto de vista psicológico. Pues
bien, las líneas estaban chuecas hacia abajo, lo que denotaba además de falta
de cuidado, inseguridad; la tinta corrida en algunas palabras hablaba de la
ansiedad debida a una fluidez al escribir, que no permitía a los trazos terminar
de secarse cuando la mano arrastraba ya otros vocablos cargados de emociones.
Una valentía de escribir todo de una sola vez, sin correcciones, siendo
completamente sincero en su mensaje. Por un momento antes de quitar el primer
candado, de abrir el primer doblez, nació en mi mente un pensamiento de que tal
vez fuese yo la destinataria; pero murió al instante mismo, como una estrella
que explota. Aquella carta buscaba ser poética en niveles elevados de prosa,
cuidando las palabras y empleando metáforas para describir sus sentimientos por
mi linda amiga. Hablaba de la confesión en cuestión refiriéndose a ella como
palabras huéspedes inesperadas para los oídos y ojos de quien la recibía,
anhelando ser alojadas para siempre en su corazón; hablaba de una distancia
infinita que los separaba, de que lo abrazara hasta quitarle el aliento… el
mensaje subía de intensidad hasta que verdaderamente le quitaba el romance. Sin
embargo el irrelevante deseo de que fuera dirigido a mí no desaparecía, ni por
el hecho de que no era ya romántico sino demasiado intenso para ese chico tan
dulce. Añoraba que fuera para mí tan sólo para poder decirle “qué intenso, wow,
no me lo esperaba. Si quieres podemos conocernos más, eres muy interesante y
divertido… espero que las líneas finales de tu carta no sean reflejo inequívoco
de la ansiedad que comunican… dices en la carta que eres paciente y tomaré eso
a mi favor. Ya veremos qué pasa, gracias por la carta.” He ahí lo que habría
dicho. Mas no era yo quien debía dar una respuesta, tan sólo una opinión ajena.
Así pues, utilizando una estrategia mental para que esa hoja tan simple a la
vez tan llena de amor no llegara a los sentidos de mi rival, decidí dar mi
opinión de la manera que me pareció adecuada. Qué extraño llamarla rival siendo
que ella no se habría fijado en él; siendo que yo días antes había expresado mi
no-deseo de dejarme seducir por su elocuencia y desenvolvimiento, inteligencia
y originalidad, espontaneidad y madurez. Había incluso referido a esa situación
como una caída: “si me descuido, puedo caer…” dije en aquéllos días. “Te felicito,
es una entrega valiente, Eduardo, primero por hacerlo sin que ella tenga la
mínima sospecha de lo que sientes, arriesgándote a un rechazo instantáneo por
la sorpresa que provocará pero el cual tú estás dispuesto a enfrentar por la
desesperación y la fuerza de tu sentir. Es esto muy valioso. Aunque es difícil
reconocerlo cuando a uno le escriben estas cosas. Segundo porque tu escritura
descuidada y hasta sucia habla de que estás siendo 100% sincero dejando que la
pluma sea extensión de tu corazón….
Mis palabras se componían y contraponían en un mismo
argumento sólido cuya intención era destruir la seguridad del autor con adjetivos
positivos que no dejaran ver mis crueles comentarios como lo que eran. Como
haberle dicho a una adolescente “estás tan despeinada y fea que te librarás de
todos los hombres que se acercan a las niñas lindas y terminan por hacerlas
sufrir. Qué suerte la tuya, querida, que no tendrás que vivir la experiencia de
un amor que sentirás como real y disfrutarás por un tiempo indefinido, con
sueños e ilusiones hasta que termine y, bueno, hay quien dice que vale la pena
pero no, también es refrán aquél que dice que la suerte de la fea, la bonita la
desea.”
¿Qué era peor? ¿Decir que sus líneas inclinadas hacia
abajo denotaban inseguridad o decir que la tinta corrida demostraba desinterés?
Sobre el final no dije nada, excepto que tal vez un
nivel menos de intensidad hubiera resultado más acerado, evitaba expresiones
como “a mi parecer” que habrían justificado subjetividad, lo cual no quería
transmitir para no quitar valor ni peso a mi “opinión psicológica”, la cual
defendía a pesar de todo, pero ¡oh qué valor el confesar todo sin tapujos desde
la primera carta, sin previo anuncio ni aviso, sin preparación!
Hoy, 13 años después, hace unas horas, sentados sobre
una barda muy alta, viendo las primeras estrellas del cielo aun iluminado,
conversando sobre existencialismo, le dije lo que pensaba yo de él desde que lo
había conocido en nuestra juventud. Le recordé el momento de la carta a Liliana
y me acusé a propósito de lo malintencionado de mis comentarios, abuso de poder
de mi carrera y uso inmoral de los conocimientos aplicados de una recién
egresada. Su sonrisa apareció, aunque sus ojos expresaban decepción. “Las cosas
pasan por algo” -dijo- “pero está en nosotros ser sinceros o no serlo. Y son
esas decisiones las que nos llevan a donde estamos”. Fue mi turno de hablar: “¿No
estás enojado? Nunca supe si entregaste la carta y, si no lo hiciste, ¿fue por
lo que dije aquél día?”
“No entregué la carta a su destinatario” –me dijo con
esos mismos ojos melancólicos y labios curveados hacia un lado y hacia arriba.
“No lo hice porque ella misma, sin saber a quién escribía, me hizo ver que no
sería bien recibida. Tenía, hace 13 años, una carta más dentro de mi mochila,
justo a lado de donde tomé aquella que te mostré. Eran idénticas en su
contenido, cada palabra; pero la segunda estaba escrita en un papel más fino y
las líneas iban rectas horizontales a los márgenes superior e inferior de la
hoja. ¿Imaginas cuál era la única palabra distinta entre esas dos versiones? La
que te enseñé, la falta, cuya intención era probar tu reacción, esa carta decía
Liliana… La real y que ahora yace en un cajón entre mis cosas de cuando fui soltero,
esa versión que escribí cuidadosamente pensando en la mujer de la cual estaba
enamorado, y que guardé después de ese día en mi mochila y aun más dentro, en
mi alma… esa carta decía tu nombre.”

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