jueves, 15 de agosto de 2013

Epitafios



Por Fernando Guzmán de Anda.


En verano, a diferencia de otras playas de Jalisco que se atascan de turistas por todos lados, La Manzanilla se encuentra semi-vacía. Es más una playa de invierno, ahí sí todas las casas y terrenos de campamentos se llenan de turistas que van para navidad y año nuevo.

La Manzanilla recibe su nombre por un pequeño pueblo construido junto a un estero en la parte sur de una bahía del Pacífico mexicano. Es una playa muy tranquila, inclusive nenesca, con olas tranquilas. No toda la bahía es así, si uno camina hacia el norte, a mitad del camino hacia Boca de Iguanas, la playa tenía una serie de hoyos y variaciones en la profundidad que generaban dos rompimientos de olas, el primero a diez metros de la orilla y el segundo a unos cincuenta, lo que hace que sea todo un retro cruzar la segunda línea de olas.

Justo ahí, frente al lugar donde las olas toman su mayor tamaño, se encuentra un hombre en un traje de baño azul, con una tabla de boogie bajo el brazo y la mirada perdida en el horizonte; ¿la edad? En ese rango en el que según la vestimenta, la luz y la ocasión, uno puede parecer un joven o un señor al que los niños le hablan de usted.

Lo único fuera de lugar era una pequeña bolsa negra amarrada a la tabla, algo inusual en alguien que parece observar el mar con la esperanza de buenas olas. La bolsa que contenía algún objeto pesado colgaba de la tabla, estaba amarrada con una cuerda delgada de color blanco, que le daba varias vueltas, seguramente en un intento de evitar que pudiera zafarse.

El hombre dejó el horizonte para voltear a la derecha, donde el sol se acercaba lentamente a la montaña, entrecerró sus pequeños ojos ya sea por el sol o por estar calculando el momento esperado. En ese ir y venir del horizonte al sol, los minutos sucedieron a los segundos, hasta que la desconocida espera llegó a su fin. Revisó que la cuerda de la tabla estuviera bien sujeta a su muñeca y salió corriendo hacia el mar.

Los cerros que rodean la bahía tienen algunas casas o departamentos desde los que se puede observar toda la zona. Sí alguien hubiera prestado atención a aquel pequeño espacio del Pacífico se habría entretenido con la situación, el océano ganaba la batalla, cada metro que nadaba era un metro que perdía con la siguiente ola, estaba atrapado entre las dos líneas de olas. Apenas salía de una y daba unas cuantas brazadas cuando tenía de nuevo que sumergirse para evitar ser revolcado por la siguiente, un poco de aire, cuidar que no se pierda la tabla ni se suelte la bolsa y volver a nadar.

El cansancio lo vencía por momentos, tras algunos minutos nadando, o después de una ola particularmente fuerte, el hombre se sujetaba a la tabla y descansaba sus brazos únicamente pataleando en un intento de recuperar fuerzas sin perder lo avanzado.

Experimentaba distintos métodos para avanzar rápidamente: arrastrar la tabla dando brazadas con ambas manos, usar la tabla como punta con una mano estirada mientras con la otra braceaba. Las olas implicaban también un reto, en las más grandes se sumergía sujetando fuertemente la cuerda para evitar que se desprendiera, en otras se sumergía con todo y tabla para ahorrarse el tiempo de volver a colocarse en posición de nado, y cada que era posible aceleraba el paso para pasar la ola antes de que se quebrará.

A la distancia era imposible detectarlo (a menos que seas un mutante con vista de águila súper desarrollada), pero aún con todo el movimiento y fatiga del combate, su mirada seguía siendo la misma que tenía al estar parado en la playa pescando el horizonte.

Cada que volvía a la superficie, tras tomar aire y revisar que no hubiera olas al inminente ataque, buscaba con la mirada el horizonte, que se perdía entre las cumbres de las olas; era una mirada seca y distante, con la serenidad que oculta una tormenta.

Al igual que en la playa, ocasionalmente volvía la mirada hacia el sol, como buscando en él esperanza. El sol tiene sin duda un gran poder sobre los hombres, fuente de luz y de calor, indispensable para la vida, es señal del día que comienza y esperanza del mañana por venir.

Toda esperanza, como fuerza que nos impulsa a un futuro incierto, tiene en el tiempo a su peor enemigo, y la adversidad puede lapidar uno a uno sus cimientos. Al final del día el sol no puede iluminarlo todo, “el sol no ilumina toda la realidad; sus rayos no pueden llegar hasta las sombras de la muerte, allí donde los ojos humanos se cierran a su luz.”

Las brazadas lo acercaron a la línea de las olas, ahí donde rompen las más grandes y fuertes, ese fue el momento más crudo de la batalla, las olas pequeñas las pasaba por la superficie, pero las grandes eran una amenaza, una revolcada y terminaría atragantado en la orilla, era el momento de la batalla final.

Ningún ejército puede luchar eternamente pues toda fuerza tiene sus límites, con cada serie de olas los descansos se hacían más largos y las brazadas lentas y carentes de ritmo, el sol bajaba hacia las montañas.

En la distancia recorrida había ya perfeccionado su técnica: tomar aire, sujetar con firmeza la cuerda, nadar directamente hacia el fondo del mar en lo que pasa la ola, tras lo cual, jalaba de si con la cuerda hasta salir de nuevo a la superficie para continuar nadando.

Su técnica le falló, en el peor de los momentos, apenas salía de una ola cuando volvió la vista y se percató de que otra ola estaba a punto de quebrarse sobre él. Tomó un trago de airé y se abrazó a la tabla. La ola lo sumergió con tal fuerza que la tabla escapó a su abrazo y la cuerda se soltó de su muñeca, atrapado en la corriente, daba vueltas hasta ese extraño punto en el que no sabes hacía donde está el cielo.

En la vida cada quien tiene uno a dos anclas, una persona, recuerdo o convicción que nos protege de la tormenta y nos impide alejarnos de lo verdaderamente importante. En los momentos más difíciles uno debe aferrarse a su ancla, abrazar sin límites la esperanza y esperar a que pase la tormenta.

La ola le había arrebatado su ancla y con ello toda su seguridad, (si es que el ser humano puede tener seguridad alguna), al dar vueltas en las entrañas de la ola, sintio el peso del Pacífico sobre su espalda, y el sabor a sal y sangre de la derrota.

Desfilaron frente a él los momentos claves de su vida, los nombres, lugares y personas que construyeron en él esa mezcla a la que llamamos existencia, abrió los ojos bajo el agua con la invasión del que podría ser su último recuerdo, un nombre que aún siendo sustantivo era en él siempre presente, el primer y último pensamiento de sus días.

Decidió no renunciar, el nunca abandonaría la batalla, la cobardía despertaba en el un profundo asco, sí sus pulmones se llenarían de agua, no sucedería sin luchar, la mezcla de agua y arena le impedían ver la hacía donde estaba la superficie, pero comenzó a nadar con todas sus fuerzas.

Como pudo, salió a la superficie, y más que aire, anhelaba encontrar cerca su ancla, manteniéndose a flote giró a derecha y a izquierda buscando. Pasó una ola pequeña por encima y estando sobre ella descubrió la tabla, estaba unos metros mar adentro, nunca nadó más rápido ni con mayor pasión, sin detenerse hasta estar de nuevo abrazado a ella, la bolsa todavía estaba en su lugar.

Se quedó acostado sobre la tabla para recuperar el aliento, con la vista hacia las olas para evitar ser de nuevo sorprendido. Con el cansancio regresaron las dudas, ¿vale la pena?, ¿qué sentido tiene?, cobarde balanza de futuros inciertos.

Respiró profundamente, cerró unos instantes los ojos buscando una imagen en su mente y al abrirlos buscó de nuevo el sol, ya se había escondido tras los cerros y solo quedaba de su rastro un cielo rojo digno de José Alfredo, queda poco tiempo.

Volvió a la batalla, brazada a brazada hacia el océano, las olas sorprendentemente le dieron una tregua y en unos minutos logró cruzar la linea final de las olas, pudo más la tormenta del hombre que la del océano.

Al parecer el peligro había pasado, a esa altura las olas apenas se formaban y se pasaban tranquilamente por arriba, acostado sobre la tabla buscó con sus arrugadas manos la bolsa negra rompiéndola para sacar su contenido.

La bolsa escondía una botella de vidrio oscura, tapada con un corcho, el hombre revisó su contenido y una sonrisa asomó su rostro al confirmar que el agua respetó el interior. Sus ojos se perdieron en la botella de la misma forma en la que buscaba desde la playa el horizonte, una mirada que no ve sino recuerda.

Pocas cosas duran para siempre, la noche había vencido al sol convirtiéndose en presente. El hombre depositó delicadamente la botella en el pacífico. Flotando sobre la tabla turnaba su mirada entre el cielo, la playa y la botella, con cada ola que pasaba, la botella y el hombre se alejaban.

Era difícil encontrar la botella en el océano, a la distancia se perdía entre las colinas de olas, y cada vez que el verde cristal se ocultaba en las aguas, el hombre alzaba el cuello para prolongar la última caricia.

¿Cuánto tiempo duró la despedida?, hay momentos en que la medida del tiempo es absurda y relativa, ni más ni menos, lo justo inevitable. El Pacífico reclamó para sí la botella, cuyo destino quedo abandonado a la misericordia de la tormenta. El hombre se despidió de su ancla en la oscuridad y a la distancia, en ella iban sus sueños, sus miedos y su agónica esperanza.


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