Por Fernando Guzmán de Anda.
En
verano, a diferencia de otras playas de Jalisco que se atascan de
turistas por todos lados, La Manzanilla se encuentra semi-vacía. Es
más una playa de invierno, ahí sí todas las casas y terrenos de
campamentos se llenan de turistas que van para navidad y año nuevo.
La
Manzanilla recibe su nombre por un pequeño pueblo construido junto a
un estero en la parte sur de una bahía del Pacífico mexicano. Es
una playa muy tranquila, inclusive nenesca, con olas tranquilas. No
toda la bahía es así, si uno camina hacia el norte, a mitad del
camino hacia Boca de Iguanas, la playa tenía una serie de hoyos y
variaciones en la profundidad que generaban dos rompimientos de olas,
el primero a diez metros de la orilla y el segundo a unos cincuenta,
lo que hace que sea todo un retro cruzar la segunda línea de olas.
Justo
ahí, frente al lugar donde las olas toman su mayor tamaño, se
encuentra un hombre en un traje de baño azul, con una tabla de
boogie bajo el brazo y la mirada perdida en el horizonte; ¿la edad?
En ese rango en el que según la vestimenta, la luz y la ocasión,
uno puede parecer un joven o un señor al que los niños le hablan de
usted.
Lo
único fuera de lugar era una pequeña bolsa negra amarrada a la
tabla, algo inusual en alguien que parece observar el mar con la
esperanza de buenas olas. La bolsa que contenía algún objeto pesado
colgaba de la tabla, estaba amarrada con una cuerda delgada de color
blanco, que le daba varias vueltas, seguramente en un intento de
evitar que pudiera zafarse.
El
hombre dejó el horizonte para voltear a la derecha, donde el sol se
acercaba lentamente a la montaña, entrecerró sus pequeños ojos ya
sea por el sol o por estar calculando el momento esperado. En ese ir
y venir del horizonte al sol, los minutos sucedieron a los segundos,
hasta que la desconocida espera llegó a su fin. Revisó que la
cuerda de la tabla estuviera bien sujeta a su muñeca y salió
corriendo hacia el mar.
Los
cerros que rodean la bahía tienen algunas casas o departamentos
desde los que se puede observar toda la zona. Sí alguien hubiera
prestado atención a aquel pequeño espacio del Pacífico se habría
entretenido con la situación, el océano ganaba la batalla, cada
metro que nadaba era un metro que perdía con la siguiente ola,
estaba atrapado entre las dos líneas de olas. Apenas salía de una y
daba unas cuantas brazadas cuando tenía de nuevo que sumergirse para
evitar ser revolcado por la siguiente, un poco de aire, cuidar que no
se pierda la tabla ni se suelte la bolsa y volver a nadar.
El
cansancio lo vencía por momentos, tras algunos minutos nadando, o
después de una ola particularmente fuerte, el hombre se sujetaba a
la tabla y descansaba sus brazos únicamente pataleando en un intento
de recuperar fuerzas sin perder lo avanzado.
Experimentaba
distintos métodos para avanzar rápidamente: arrastrar la tabla
dando brazadas con ambas manos, usar la tabla como punta con una mano
estirada mientras con la otra braceaba. Las olas implicaban también
un reto, en las más grandes se sumergía sujetando fuertemente la
cuerda para evitar que se desprendiera, en otras se sumergía con
todo y tabla para ahorrarse el tiempo de volver a colocarse en
posición de nado, y cada que era posible aceleraba el paso para
pasar la ola antes de que se quebrará.
A
la distancia era imposible detectarlo (a menos que seas un mutante
con vista de águila súper desarrollada), pero aún con todo el
movimiento y fatiga del combate, su mirada seguía siendo la misma
que tenía al estar parado en la playa pescando el horizonte.
Cada
que volvía a la superficie, tras tomar aire y revisar que no hubiera
olas al inminente ataque, buscaba con la mirada el horizonte, que se
perdía entre las cumbres de las olas; era una mirada seca y
distante, con la serenidad que oculta una tormenta.
Al
igual que en la playa, ocasionalmente volvía la mirada hacia el sol,
como buscando en él esperanza. El sol tiene sin duda un gran poder
sobre los hombres, fuente de luz y de calor, indispensable para la
vida, es señal del día que comienza y esperanza del mañana por
venir.
Toda
esperanza, como fuerza que nos impulsa a un futuro incierto, tiene en
el tiempo a su peor enemigo, y la adversidad puede lapidar uno a uno
sus cimientos. Al final del día el sol no puede iluminarlo todo, “el
sol no ilumina toda la realidad; sus rayos no pueden llegar hasta
las sombras de la muerte, allí donde los ojos humanos se cierran a
su luz.”
Las
brazadas lo acercaron a la línea de las olas, ahí donde rompen las
más grandes y fuertes, ese fue el momento más crudo de la batalla,
las olas pequeñas las pasaba por la superficie, pero las grandes
eran una amenaza, una revolcada y terminaría atragantado en la
orilla, era el momento de la batalla final.
Ningún
ejército puede luchar eternamente pues toda fuerza tiene sus
límites, con cada serie de olas los descansos se hacían más largos
y las brazadas lentas y carentes de ritmo, el sol bajaba hacia las
montañas.
En
la distancia recorrida había ya perfeccionado su técnica: tomar
aire, sujetar con firmeza la cuerda, nadar directamente hacia el
fondo del mar en lo que pasa la ola, tras lo cual, jalaba de si con
la cuerda hasta salir de nuevo a la superficie para continuar
nadando.
Su
técnica le falló, en el peor de los momentos, apenas salía de una
ola cuando volvió la vista y se percató de que otra ola estaba a
punto de quebrarse sobre él. Tomó un trago de airé y se abrazó a
la tabla. La ola lo sumergió con tal fuerza que la tabla escapó a
su abrazo y la cuerda se soltó de su muñeca, atrapado en la
corriente, daba vueltas hasta ese extraño punto en el que no sabes
hacía donde está el cielo.
En
la vida cada quien tiene uno a dos anclas, una persona, recuerdo o
convicción que nos protege de la tormenta y nos impide alejarnos de
lo verdaderamente importante. En los momentos más difíciles uno
debe aferrarse a su ancla, abrazar sin límites la esperanza y
esperar a que pase la tormenta.
La
ola le había arrebatado su ancla y con ello toda su seguridad, (si
es que el ser humano puede tener seguridad alguna), al dar vueltas en
las entrañas de la ola, sintio el peso del Pacífico sobre su
espalda, y el sabor a sal y sangre de la derrota.
Desfilaron
frente a él los momentos claves de su vida, los nombres, lugares y
personas que construyeron en él esa mezcla a la que llamamos
existencia, abrió los ojos bajo el agua con la invasión del que
podría ser su último recuerdo, un nombre que aún siendo sustantivo
era en él siempre presente, el primer y último pensamiento de sus
días.
Decidió
no renunciar, el nunca abandonaría la batalla, la cobardía
despertaba en el un profundo asco, sí sus pulmones se llenarían de
agua, no sucedería sin luchar, la mezcla de agua y arena le impedían
ver la hacía donde estaba la superficie, pero comenzó a nadar con
todas sus fuerzas.
Como
pudo, salió a la superficie, y más que aire, anhelaba encontrar
cerca su ancla, manteniéndose a flote giró a derecha y a izquierda
buscando. Pasó una ola pequeña por encima y estando sobre ella
descubrió la tabla, estaba unos metros mar adentro, nunca nadó más
rápido ni con mayor pasión, sin detenerse hasta estar de nuevo
abrazado a ella, la bolsa todavía estaba en su lugar.
Se
quedó acostado sobre la tabla para recuperar el aliento, con la
vista hacia las olas para evitar ser de nuevo sorprendido. Con el
cansancio regresaron las dudas, ¿vale la pena?, ¿qué sentido
tiene?, cobarde balanza de futuros inciertos.
Respiró
profundamente, cerró unos instantes los ojos buscando una imagen en
su mente y al abrirlos buscó de nuevo el sol, ya se había escondido
tras los cerros y solo quedaba de su rastro un cielo rojo digno de
José Alfredo, queda poco tiempo.
Volvió
a la batalla, brazada a brazada hacia el océano, las olas
sorprendentemente le dieron una tregua y en unos minutos logró
cruzar la linea final de las olas, pudo más la tormenta del hombre
que la del océano.
Al
parecer el peligro había pasado, a esa altura las olas apenas se
formaban y se pasaban tranquilamente por arriba, acostado sobre la
tabla buscó con sus arrugadas manos la bolsa negra rompiéndola para
sacar su contenido.
La
bolsa escondía una botella de vidrio oscura, tapada con un corcho,
el hombre revisó su contenido y una sonrisa asomó su rostro al
confirmar que el agua respetó el interior. Sus ojos se perdieron en
la botella de la misma forma en la que buscaba desde la playa el
horizonte, una mirada que no ve sino recuerda.
Pocas
cosas duran para siempre, la noche había vencido al sol
convirtiéndose en presente. El hombre depositó delicadamente la
botella en el pacífico. Flotando sobre la tabla turnaba su mirada
entre el cielo, la playa y la botella, con cada ola que pasaba, la
botella y el hombre se alejaban.
Era
difícil encontrar la botella en el océano, a la distancia se perdía
entre las colinas de olas, y cada vez que el verde cristal se
ocultaba en las aguas, el hombre alzaba el cuello para prolongar la
última caricia.
¿Cuánto
tiempo duró la despedida?, hay momentos en que la medida del tiempo
es absurda y relativa, ni más ni menos, lo justo inevitable. El
Pacífico reclamó para sí la botella, cuyo destino quedo abandonado
a la misericordia de la tormenta. El hombre se despidió de su ancla
en la oscuridad y a la distancia, en ella iban sus sueños, sus
miedos y su agónica esperanza.


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