Por Rogelio de Jesús Huerta Ibarra
Juan
Ácatl tuvo por nombre el niño. Nació en el amanecer del primer día de
primavera; su madre lo quiso mucho desde el momento en que vino al mundo; su
padre sintió mucho orgullo y dicha al saber que su primer hijo era varón y que
había nacido sano. A los cuatro días lo llevaron a bautizar; el sacerdote le
echó agua bendita en la cabeza que hizo al chiquillo llorar. “Juan” se iba a
llamar, pero al verlo el padre tan pequeño y junto al agua le nombró también “Ácatl”,
que en la lengua de nuestros ancestros quiere decir “Carrizo”.
El
niño creció fuerte, era recio como las varas que originaron su nombre; pero
también dócil como el apóstol querido. En él se conjugó la bravura y la
prudencia, que lo hacía mesurado al hablar, constante a sus ideas pero nunca
obstinado en sus acciones. Las cosas las reflexionaba mucho; y mientras crecía
su cuerpo maduraba su sabiduría. De su madre aprendió a amar, a cuidar de los
demás y a resguardar el celo de la nueva religión, mientras que de su padre
aprendió a trabajar, a cumplir como los hombres con la vida, a llevar a cuestas
su familia y a estar siempre sereno en los momentos de más necesidad.
A
edad prudente su madre escogió mujer para él. Estaba ya bien formado y era sano
de ideas, por lo que, entre las posibles prospectas procuró a una mujer bella,
pero de carácter manso y de buen corazón, que tuviera buena cabeza pero que no
fuera ni orgullosa ni mucho menos altanera. Después de algunas visitas, el
joven dio su consentimiento lo mismo que su prometida, y a menos de cuatro
meses se llevó a cabo la ceremonia. Tuvo él en su matrimonio cuatro varones y
una mujer, y fue muy feliz. Apreció más el campo y la fertilidad de la tierra.
Cultivó el gusto por los edificios y el arte y se enorgulleció de sus raíces y
de su historia. Se dio cuenta que conforme pasaban los años gustaba más de
conocer a las personas y que siempre aprendía de ellas cosas nuevas y
maravillosas; sabiendo a la par sobrellevar más los sufrimientos y aconsejar
con mucha más prudencia.
Con
su cuerpo aún fuerte y en plenitud vio nietos; los quiso mucho y jugó con
ellos, les enseñó como a sus hijos a aprovechar el sol y a conocer la luna, les
explicaba las plantas, sus funciones y
sus curaciones, así como la manera de cuidar a los animales y a tratarlos con
respeto. Veneraba ir al templo y al Altísimo, a quien, en el último trayecto de
su vida visitó a diario, pidiendo, de una manera serena y humilde por aquello
que era realmente importante y nunca frívolo. El día que murió sus seres queridos
le lloraron mucho porque fue un hombre bueno, en su lugar de reposo pusieron
una cruz de carrizo, símbolo de su vida, que fue feliz, próspera y productiva.

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