jueves, 25 de julio de 2013

Historia fiel de Juan Ácatl


Por Rogelio de Jesús Huerta Ibarra  



Juan Ácatl tuvo por nombre el niño. Nació en el amanecer del primer día de primavera; su madre lo quiso mucho desde el momento en que vino al mundo; su padre sintió mucho orgullo y dicha al saber que su primer hijo era varón y que había nacido sano. A los cuatro días lo llevaron a bautizar; el sacerdote le echó agua bendita en la cabeza que hizo al chiquillo llorar. “Juan” se iba a llamar, pero al verlo el padre tan pequeño y junto al agua le nombró también “Ácatl”, que en la lengua de nuestros ancestros quiere decir “Carrizo”.

El niño creció fuerte, era recio como las varas que originaron su nombre; pero también dócil como el apóstol querido. En él se conjugó la bravura y la prudencia, que lo hacía mesurado al hablar, constante a sus ideas pero nunca obstinado en sus acciones. Las cosas las reflexionaba mucho; y mientras crecía su cuerpo maduraba su sabiduría. De su madre aprendió a amar, a cuidar de los demás y a resguardar el celo de la nueva religión, mientras que de su padre aprendió a trabajar, a cumplir como los hombres con la vida, a llevar a cuestas su familia y a estar siempre sereno en los momentos de más necesidad.

A edad prudente su madre escogió mujer para él. Estaba ya bien formado y era sano de ideas, por lo que, entre las posibles prospectas procuró a una mujer bella, pero de carácter manso y de buen corazón, que tuviera buena cabeza pero que no fuera ni orgullosa ni mucho menos altanera. Después de algunas visitas, el joven dio su consentimiento lo mismo que su prometida, y a menos de cuatro meses se llevó a cabo la ceremonia. Tuvo él en su matrimonio cuatro varones y una mujer, y fue muy feliz. Apreció más el campo y la fertilidad de la tierra. Cultivó el gusto por los edificios y el arte y se enorgulleció de sus raíces y de su historia. Se dio cuenta que conforme pasaban los años gustaba más de conocer a las personas y que siempre aprendía de ellas cosas nuevas y maravillosas; sabiendo a la par sobrellevar más los sufrimientos y aconsejar con mucha más prudencia.


Con su cuerpo aún fuerte y en plenitud vio nietos; los quiso mucho y jugó con ellos, les enseñó como a sus hijos a aprovechar el sol y a conocer la luna, les explicaba las plantas,  sus funciones y sus curaciones, así como la manera de cuidar a los animales y a tratarlos con respeto. Veneraba ir al templo y al Altísimo, a quien, en el último trayecto de su vida visitó a diario, pidiendo, de una manera serena y humilde por aquello que era realmente importante y nunca frívolo. El día que murió sus seres queridos le lloraron mucho porque fue un hombre bueno, en su lugar de reposo pusieron una cruz de carrizo, símbolo de su vida, que fue feliz, próspera y productiva.

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