Por Juan Pablo Salas Martínez.
Caminaba el Rey de reyes,
por no decir se arrastraba
como un vil gusano le trataban
o como a perro sarnoso cuando pasa
¿Qué no veis que es Jesús?
El que de niño abrazaba a su madre con ternura, simbolizando a la humanidad.
¿Qué no veis que es mi Jesús?,
El que de niño jugaba y lloraba,
cual criatura terrena, reía y sollozaba
aún sabiendo que ya reinaba.
Es Cristo, que con amor miraba a la muchedumbre, cuando enardecida gritaba: ¡Crucifícalo!
Y que en su rostro brotaban lágrimas, en sangre bañadas, una tras otra, pidiendo clemencia,
después de haber presenciado la cruel sentencia.
Era él quien caminaba,
y abatido, su cruz abrazaba,
sabiendo que era su cruel muerte,
y aún así le besaba.
Era Cristo quien amaba,
al maligno látigo romano
que su cuerpo sangrado
cada vez furioso golpeaba.
¡Miradlo!, ¡ahí tenéis a vuestro rey!
¡Que se arrastra y gime,
y que es el centro de vuestro desfile!
A carcajadas gritaban,
aquellas bestias inmundas
que hasta en su uniforme romano
podíais sentir su rabia iracunda.
Pero mi Señor, escupido y bofeteado,
Insultado y humillado,
El vía crucis sufría callado
Teniendo en el Padre su consuelo
Y la esperanza puesta en el cielo.
¿Quién eres tú mujer,
que te acercas con un paño,
y limpias su rostro con sangre en baño
para que cesen las penas?
¡Qué gran amor de mi Dios, cuando su rostro de amor descansa en esa tela!
Hombre dichoso, que el Padre te elige para vocación tan sublime,
a mi Cristo ayudar a cargar los pecados,
y levantas la cruz, ¡Sólida y firme!.
Solloza y triste te acercas a tu hijo,
que al borde de la muerte,
te mira y te sonríe
sabiendo que poco falta, para que terminen horas dolorosas,
con sórdida voz exclama:
¡¿Ves Madre, cómo Yo hago nuevas todas las cosas?!
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