Por
Rogelio de Jesús Huerta Ibarra
El
pequeño Nicolás se acercó suavemente a su madre y le extendió los
brazos, señalándole que lo subiera a la protección de su regazo.
Ella, absorta en su computadora personal no le prestó atención al
niño. El niño, al ver que su madre no le ponía atención comenzó
a tirar lentamente pero con fuerza de su vestido; ella, se limitó
simplemente a sacar de uno de los cajones de su escritorio una
paleta, que desenvolvió sin cuidado y se la dio al chiquillo dándole
unas palmaditas en la cabeza pero sin despegar la vista ni el resto
de su entera concentración en su trabajo.
Nicolás
mordisqueó la paleta, pero al cabo de poco tiempo la tiró al suelo
con ira haciéndose añicos, y comenzó a llorar mientras alzaba sus
bracitos con más ímpetu hacia su madre, quien en una mínima medida
apenas percibió el estruendo de la destrucción del caramelo que le
acababa de obsequiar pero que comenzó por molestarle bastante el
chillido de su cría, por lo que, en un serio ejercicio mental
aprendido en clases de yoga y pilates, bloqueó mentalmente la
lloriquera para prestarle exclusivamente atención a su importante
proyecto.
Al
cabo de un tiempo, Nicolás tomó su maleta, metió en ella sus ropas
y pertenencias más queridas. Las subió todas al coche; besó a su
madre en una de sus mejillas, quién, por la prisa que tenía en
terminar su importante trabajo, apenas y pudo contestarle el despido.
Escuchó
de pronto la madre azotar la puerta, encender el coche y arrancar,
pero sabía que si se distraía en ese momento, el esfuerzo de tantas
horas de trabajo no habría valido la pena.
Para
cuando apagó su computadora, Nicolás hacía 15 años que se había
ido. No supo cuándo, no percibió cómo, pero se dio cuenta que
estaba sola y vieja.
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