lunes, 7 de octubre de 2013

El día que se fue Nicolas


Por Rogelio de Jesús Huerta Ibarra


El pequeño Nicolás se acercó suavemente a su madre y le extendió los brazos, señalándole que lo subiera a la protección de su regazo. Ella, absorta en su computadora personal no le prestó atención al niño. El niño, al ver que su madre no le ponía atención comenzó a tirar lentamente pero con fuerza de su vestido; ella, se limitó simplemente a sacar de uno de los cajones de su escritorio una paleta, que desenvolvió sin cuidado y se la dio al chiquillo dándole unas palmaditas en la cabeza pero sin despegar la vista ni el resto de su entera concentración en su trabajo.

Nicolás mordisqueó la paleta, pero al cabo de poco tiempo la tiró al suelo con ira haciéndose añicos, y comenzó a llorar mientras alzaba sus bracitos con más ímpetu hacia su madre, quien en una mínima medida apenas percibió el estruendo de la destrucción del caramelo que le acababa de obsequiar pero que comenzó por molestarle bastante el chillido de su cría, por lo que, en un serio ejercicio mental aprendido en clases de yoga y pilates, bloqueó mentalmente la lloriquera para prestarle exclusivamente atención a su importante proyecto.

Al cabo de un tiempo, Nicolás tomó su maleta, metió en ella sus ropas y pertenencias más queridas. Las subió todas al coche; besó a su madre en una de sus mejillas, quién, por la prisa que tenía en terminar su importante trabajo, apenas y pudo contestarle el despido.

Escuchó de pronto la madre azotar la puerta, encender el coche y arrancar, pero sabía que si se distraía en ese momento, el esfuerzo de tantas horas de trabajo no habría valido la pena.

Para cuando apagó su computadora, Nicolás hacía 15 años que se había ido. No supo cuándo, no percibió cómo, pero se dio cuenta que estaba sola y vieja.


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