lunes, 2 de septiembre de 2013

Un día de Normalidad. (parte 1)









 Por Carolina Gallegos Pedroza.

Dormí poco pero bien.

Me desperté antes de las 7:00 a.m.

La casa en silencio, tiendo mi cama y me arreglo. Aprovecho para acomodar algunas cosas fuera de su lugar.

Bajo a desayunar, Lupita ya había llegado a trabajar y me regala un tamal de “rojo”. También llega Juan a la cocina y juntos arreglamos el reloj que tiene meses sin avanzar en la cocina.

Aparece la Tía Luzma y desayunamos juntas, pasan de las 9:30 y recuerdo que tengo una cita a las 10:00 en la Universidad. Aviso que me iré en Taxi y Natalia se ofrece a llevarme, siempre y cuando esperemos a sus mamá, total que llegamos a las 10:20 a la Uni, previamente hice la llamada para avisar que iba tarde. En el camino, Natalia confiesa su culpabilidad al dejarme el fin de semana sin gasolina y por lo cual mi converse se quedó “viudo”.

Tuve mi cita en la Universidad con mucho éxito y con eso empiezo mi proceso de inscripción para la especialidad…termino mi entrevista y subo al centro de cómputo a instalar mi “oficina provisional”, pasa Pedro a saludar y me da el “tip del día” (consejos de desaceleramiento personal) le agradezco y nos despedimos. Recibo una llamada y bajo al pasillo central a contestarla para no interrumpir a quienes trabajan en el CC.

Al estar hablando por teléfono llega una chiquilla de Hermosillo para pedir ayuda porque no sabe cómo llegar a su casa, termino la llamada y me ofrezco a guiarla. De regreso, en agradecimiento su papá me da raite al Colegio en donde anteriormente trabajaba. Saludo a varias ex-compañeras, y me dirijo al centro hacia una cita. En la salida me encuentro a Chío que va para el rumbo y me ofrece un “aventón”… juntas esperamos a su esposo y me dejan en la calle Venustiano Carranza.

Ahora sólo es cuestión de encontrar la dirección, cerca de correos, con un número con terminación 6… no lo recuerdo con exactitud. Llego a la dirección y para mi sorpresa no han escuchado hablar de la persona a la que buscaba… así que intento tocando puertas con la misma terminación, sin éxito… pregunto a los vecinos que circulan por la calle y no saben de la dirección ni de la persona a la que busco. Cabe mencionar que la pila de mi celular se había terminado hace más de una hora y a pesar de recordar con seguridad haber guardado el cargador en mi mochila, no lo encuentro, por lo tanto no tenía medio de comunicación para pedir ayuda a quien sabía dirigirme.

La solución: pedir un teléfono prestado en un local de confianza, en la entrada se prohíbe introducir drogas, cigarros y bebidas alcohólicas, por lo que me parece un lugar saludable y me atrevo a pedir prestado el teléfono, explicando mi situación. Agradezco la comprensión aunque detecto una actitud desconfiada en quien me lo presta. Sólo recuerdo el teléfono de la Universidad y pienso en pedirle ayuda a Beatriz, sin pensar que era la persona que más se podría preocupar por mi situación. Le explico y le pido que consiga la dirección que necesito con una amiga en común. Le doy el teléfono del local y mientras espero que me devuelva la llamada hojeo unos folletos que están en la sala de espera estar. Al observarlos detenidamente me doy cuenta de que lo más prudente es que no permanezca en ese lugar y me retiro, sin recordar que estaba esperando la llamada de Beatriz (después me enteré de que lo intentó varias veces y no recibió respuesta alguna). Toco en la puerta de una casa amarilla, sale una muchacha y me dice que conoce a la persona que busco, y que lo mejor que pude haber hecho fue haberme salido de ese local, ya que es un ¡¡Spa Gay!!... me deja en la dirección correcta y por fin, llego a mi cita.

Me encantaría decir que aquí termina felizmente el día, pero no fue así, en la siguiente ocasión que mande escrito por este medio continuaré con la historia, ya que mis amigas me esperan para seguir con un festejo muy esperado.


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