por Paulina Luquín Ch
Miraba hacia la ventana de aquella
habitación, en un profundo deseo de libertad. El cielo no podía
encontrarse más negro, como infinito. Es infinito, pensaba, así
como el anhelo de salir de allí volando al horizonte.
Tomaba café desesperadamente por la
emoción sofocada en su interior y la energía que recorría su
cuerpo. Últimos minutos en suelo firme y pronto despegaría. Que
hermoso es volar, pensaba, suspenderse en el aire sin nada que temer,
confiando en estas grandes alas que un mortal se ha atrevido a
elevar.
Hay un lugar donde nadie ha visto mi
rostro y el aire es un poco más ligero. Donde los pasos se dan con
mayor decisión y menos sospecha, y me llevan al final inédito de
una noche de otoño. Ahí estaré pronto, pensaba, lo sé. Me he de
desprender de esta realidad para continuar en un sueño.
Llenaba sus pupilas de luz mientras
se acercaba a tierra nuevamente, y tenía una sensación de profunda
paz. Se había olvidado de su origen, y sin embargo, ligeros susurros
al corazón le indicaban que este viaje no sería para siempre. Un
brusco freno anunciaba la llegada y el barbullo de los pasajeros,
exquisitamente anónimos, aumentaba a pesar de ser las once de la
noche.
Esperaba una ligera maleta que
contenía lo suficiente para vivir. Un par de pantalones, unas
cuantas blusas y unos tenis para andar; un vestido de noche y unos
tacones por si la ocasión lo amerita; dos que tres joyas, unos
lentes de sol y un reloj de esos que guardan una hora especial;
perfume y pastillas para las dificultades, y un buen libro para
divagar, entre otras cosas. Pasaporte en mano y voluntad.
Unos pasos en dirección
desconocida, aire nuevo y la impresión de estar perdida en el sitio
correcto. ¡Ah si, libertad! Cerraba los ojos profundamente como para
calmar su mente y acelerar su corazón.
– Amor, ¿dónde estás? –
escuchó, mientras una mano rozaba su rostro.

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