jueves, 19 de septiembre de 2013

913



 
por Paulina Luquín Ch

Miraba hacia la ventana de aquella habitación, en un profundo deseo de libertad. El cielo no podía encontrarse más negro, como infinito. Es infinito, pensaba, así como el anhelo de salir de allí volando al horizonte. 
 
Tomaba café desesperadamente por la emoción sofocada en su interior y la energía que recorría su cuerpo. Últimos minutos en suelo firme y pronto despegaría. Que hermoso es volar, pensaba, suspenderse en el aire sin nada que temer, confiando en estas grandes alas que un mortal se ha atrevido a elevar.

Hay un lugar donde nadie ha visto mi rostro y el aire es un poco más ligero. Donde los pasos se dan con mayor decisión y menos sospecha, y me llevan al final inédito de una noche de otoño. Ahí estaré pronto, pensaba, lo sé. Me he de desprender de esta realidad para continuar en un sueño. 
 
Llenaba sus pupilas de luz mientras se acercaba a tierra nuevamente, y tenía una sensación de profunda paz. Se había olvidado de su origen, y sin embargo, ligeros susurros al corazón le indicaban que este viaje no sería para siempre. Un brusco freno anunciaba la llegada y el barbullo de los pasajeros, exquisitamente anónimos, aumentaba a pesar de ser las once de la noche.

Esperaba una ligera maleta que contenía lo suficiente para vivir. Un par de pantalones, unas cuantas blusas y unos tenis para andar; un vestido de noche y unos tacones por si la ocasión lo amerita; dos que tres joyas, unos lentes de sol y un reloj de esos que guardan una hora especial; perfume y pastillas para las dificultades, y un buen libro para divagar, entre otras cosas. Pasaporte en mano y voluntad.

Unos pasos en dirección desconocida, aire nuevo y la impresión de estar perdida en el sitio correcto. ¡Ah si, libertad! Cerraba los ojos profundamente como para calmar su mente y acelerar su corazón. 
 
Amor, ¿dónde estás? – escuchó, mientras una mano rozaba su rostro.


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