Las luces de los faroles quedaban atrás a gran velocidad, recargado
sobre la ventana Federico intentaba distraer su conciencia contando
las pintorescas casas coronadas de nieve que, difuminadas en el
paisaje, aparentaban una alegre manada de ovejas.
Volvió la mirada al asiento de su derecha, ahí estaba su maletín,
bajando la paleta sacó un cuadernillo y una pluma.
Bety:
Las palabras se niegan a salir, mi mente perturbada prefiere
olvidarte, creer que no existes, perderte por completo, tristemente
no he podido lograrlo.
Cuántos cambios nos presenta la vida, nunca creí llegar a donde
estoy, tanto ha cambiado. Recuerdo con alegría nuestro primer
encuentro, fue en el cumpleaños de miguel, tú acababas de llegar,
una mirada fue suficiente, estaba condenado.
Sí, condenado, no creas que es un reclamo, no lo cambiaría,
realmente fui feliz. Un año estuve tras de ti, no creas que fue
casualidad, a donde fueras yo encontraba como presentarme, como estar
ahí, como estar contigo.
Aun así fui cobarde, mi corazón se detuvo y un río de tristeza
recorrió todas mis venas cuando, entre risas me condenaste –sabes,
eres mi mejor amigo-, sólo pude esbozar la más falsa de las
sonrisas.
Por el miedo a perderte acepté mi condena, no puedes quejarte,
jugué cabalmente mi papel de amigo, un hombro en el cual llorar, un
confidente, te ayudaba, eras feliz y yo, yo estaba contigo.
El vagón del tren se detuvo suavemente, y una joven voz
invitó a los pasajeros a bajar en la estación de Londres. Federico
tomó un taxi para llegar al aeropuerto. Visiblemente melancólico se
abrió paso por entre la multitud, llena de familias que se
encuentran y hombres que regresan al hogar, al mirar una de las
pantallas se dio cuenta que tenía sólo unos minutos.
El vuelo iba semi-vacío, el lugar a su derecha se encontraba libre,
unos niños jugaban al piloto unos asientos adelante. Relajado,
terminó de un trago el vaso de Tequila que le ofreciera la azafata.
Tomó de nuevo su inseparable cuadernillo y continuó escribiendo.
Volverías a cambiar mi vida, dos simples palabras te bastaron,
recuerdo que cómo salí corriendo de mi clase tras recibir tu
mensaje, te encontré en el parque, detrás de tu casa, y alegre
mientras me abrazabas, hiciste tu última confesión –estoy
enamorada-.
No pude ocultarlo, tras darte el protocolario abrazo de
felicitación, y sin siquiera preguntar su nombre, me despedí, fue
realmente un “hasta nunca”, “se feliz”, esas fueron mis
últimas palabras.
No se quien te lo haya dicho, yo no tuve el valor para
enfrentarte, con el corazón herido, tomé el primer vuelo para
Europa, la oferta ya la tenía. Todo quedó disfrazado, yo tomaba un
prometedor puesto en una compañía trasnacional, pero la verdad es
que huía, debes saberlo, huía de ti, de tu mirada, de tu ojos, de
ti.
Huí pero no pude olvidarte. Mi alma está condenada a tu recuerdo,
no pude esconderte, separarte. A fin de cuentas fue un iluso, ¿cómo
olvidarte si eres lo único que tengo?, lo que soy, el recuerdo de tu
nombre.
Sólo tres años he podido resistir, me tendrás que perdonar, un
día más me resulta insoportable. Vuelvo a ti, se que no puedo
esperar nada, que te perdí, que nunca fuiste mía, sólo espero
volverte a ver.
Federico.
La perturbada conciencia de Federico se balanceaba en un mar de
recuerdos mientras el taxi recorría el pequeño trayecto hacia su
destino. Una lágrima resbalaba por su mejilla, el triste recuerdo de
su infancia.
Tras pagarle al taxista, tomo de su maletín el pequeño sobre donde
había metido la carta, se dirigió a su encuentro mientras el cielo,
cubierto de nubes, acompañaba las lagrimas del viajero.
Su viaje había terminado, sus ojos reposaron un instante
sobre la lápida de su amada mientras las primeras gotas de la lluvia
resbalaban por su espalda. Agotado por el peso de su remordimiento
cayó rendido sobre el pasto que rodeaba la tumba, en su mano,
desgastada por la lluvia, se encontraba la carta, la última
esperanza de un hombre que enfrenta su destino.

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