Dos aplausos al aire, un golpe a la mesa. Dos
aplausos al aire, un golpe a la mesa. Repetición constante de este acto y se
confirma: se está haciendo música.
Hay un bebé en el cuarto. Tiene apenas 6 meses,
pero su reacción refleja una madurez que muchos ya quisiéramos. Cuando escucha
la segunda ronda de aplausos y golpes a la mesa, deja todo lo que estaba
haciendo (digo, no estaba haciendo mucho, solo dejó el llavero de plástico con
el que estaba jugando) y abre los ojos un poco más, en señal de que desde ese
momento toda la atención estaría en el lugar origen donde se producen aquellos
sonidos. -Dos aplausos al aire, un golpe a la mesa- sigue sucediendo y el bebé
no tarda en empezar a mover su cuerpo al ritmo de las percusiones. Sonríe
mientras se mueve y aunque la combinación de golpes agudos y graves no tiene
una nota musical avanzada, sabemos que al bebé le gusta. Nadie le ha dicho al
pequeño que cuando escuche ese tipo de sonidos deba moverse. Lo interesante es
que como una reacción natural, como llorar, como abrir y cerrar sus puños
cientos de veces al día, como exigir alimento y buscar los ojos de su madre
desde donde se encuentre, el reciente ciudadano baila cuando escucha música.
La música siempre ha sido un pilar en mi vida. No
al nivel de lo eterno (eso está monopolizado por mi amigo Dios), pero sí de lo
trascendente. Sin embargo, el concepto de música que tengo es algo distinto al
común. Yo creo que música es cualquier cosa que te mueva (interior o
exteriormente). Luego entonces, un poema, un discurso, un libro o hasta una
mirada pueden ser música. También los dos aplausos y el golpe a la mesa lo es. Con
este contexto, comprenderán entonces lo importante que es cada persona que hace
música en mi vida (tanto los que me rodean, como los que jamás conoceré en
persona).
Cuando pienso en el arte de lo musica, siempre me
viene a la mente lo difícil que debe ser hacer una canción. Hay que combinar
armoniosamente el sonido que produce la tensión de algunas cuerdas, el eco que
deja el paso vibrante del viento por un cilindro con entrada y salida y el
estruendo de cada golpe material sobre algún instrumento. Y todo esto,
enmarcado por alguna letra bien enritmada. Pareciera un proceso complicado de
creación. Si quisiéramos estudiar científicamente la forma de hacer una
canción, probablemente nos daríamos cuenta que puede llegar a ser un sistema
tan perfectamente organizado como el complejo mecánico que hace funcionar a un
avión o los algoritmos necesarios para programar a un robot. En pocas y
vulgares palabras, hacer una canción está muy cabrón. Y lo digo porque lo he
intentado. Una vez, un amigo y yo (él con su guitarra, yo con mi lápiz),
tratamos de construir una pieza musical. El resultado fue algo verdaderamente
asqueroso. No volvimos a tratar y el tema no se volvió a tocar.
Es por eso que creo que la creación musical es un
don que Dios le dio a ciertas personas. Pienso incluso, que esas personas
fueron enviadas por Él para cumplir una misión importante. Voy a hablar, para ejemplificar
mi teoría, de uno de estos “elegidos”. Aclaro que no es mi músico favorito y lo
he escuchado poco, pero me parece un buen testimonio de lo que un músico es. Me
voy a referir a Facundo Cabral, quien tuvo su último concierto en la Ciudad de
Guatemala el martes 5 de julio de 2011 en el Expocenter del Grand Tikal Futura
Hotel, a las veinte horas, donde concluyó su presentación con una frase que me
confirma que él tenía cierto vínculo especial con El Patrón: “Ya le di las
gracias a ustedes por esta vida; ahora que sea lo que Dios quiera, porque Él siempre
sabe lo que hace”. Dijo esta frase, interpretó su última canción (“No soy de aquí, ni soy de
allá”) y el telón se cerró. Es fácil de deducir que él ya sabía que unas horas
después, a las 5:20 am, camino al Aeropuerto de la Ciudad de Guatemala, tres
vehículos le cerrarían el paso al suyo para posteriormente cerrarle el paso
también a su circulación sanguínea. Varios disparos, un herido y Facundo Cabral
muerto. El objetivo central del ataque era el “empresario” (si es que se le
puede llamar así a los que obtienen dinero del sufrimiento) Henry Fariñas,
quien tenía nexos con “La Familia Michoacana” y una pandilla llamada “Los
Charros” que tenía negocios por más de mil millones de dólares. Aclaro esto, porque
cuando escuché la noticia del asesinato, me parecía increíble que alguien
quisiera muerto al místico, pacífico y luchador social, Facundo Cabral.
Entender que el ataque iba dirigido a alguien más, me hizo comprender que no
fue coincidencia, sino que era tiempo de que ahora Facundo regresara a la casa
del Padre a llenar de música y poesía aquel lugar.
Lo primero que escuché de él, hace tiempo ya, fue:
“Me gusta la gente simple”. Cuando leí el título no me pareció una canción
atractiva, pero cuando dice: “Me gusta la gente simple, aunque yo soy
complicado” me di cuenta que ya no había vuelta atrás, me había ganado. “La que
al vino le llama vino, la que al pan le llama pan y enemigo al enemigo” siguió
musicándome y conforme avanzaba la canción, me sorprendía de cómo alguien podía
resumir en 3 minutos lo que me ha llevado una vida inferir. Supe entonces, que
este vato (como muchos otros) había sido inflitrado en este mundo para
quitarnos las vendas de los ojos, los tapones de los oídos y las razones de los
sentimientos… En resumen, para hacernos una vida más fácil.
Este escrito es solo un confuso intento por
agradecerle a la música el acompañamiento que ha ofrecido a nuestras vidas.
Buenos, malos, hombres, mujeres, ricos, pobres, africanos, americanos, ingenieros,
doctores, viejos de 75 años, niños de 6 meses… Podemos tener todas las
diferencias posibles. No nos conocemos y tal vez nunca lo haremos, pero puedo
asegurarte que tu, yo y todos los que han pisado este mundo, alguna vez han
sentido ese movimiento inexplicable al escuchar una canción. Eso, eso se llama
música. Eso, eso es un regalo de Dios. Eso es lo que nos asegura que nunca
hemos estado solos. Esa es la mejor forma para poblar la soledad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario